A los 7 años conocí a la primera persona que me hizo sentir vergüenza propia.

Recuerdo que tenía un vecino, ese que todos ven como el ejemplar, el simpático, ese que ama a su familia. Hasta mis papás lo veían como una buena persona.

Todo empezó cuando se ofreció a enseñarme ajedrez, metiendo también la excusa de que su hija tenía mi misma edad y podíamos ser amigas. Por lo general siempre jugaba con ella, pero había momentos en los que él se quedaba a solas conmigo y me besaba los brazos, las manos, la boca y el cuello.

A los 7 años conocí a la primera persona que me hizo sentir vergüenza propia.

Recuerdo que tenía un vecino, ese que todos ven como el ejemplar, el simpático, ese que ama a su familia. Hasta mis papás lo veían como una buena persona.

Todo empezó cuando se ofreció a enseñarme ajedrez, metiendo también la excusa de que su hija tenía mi misma edad y podíamos ser amigas. Por lo general siempre jugaba con ella, pero había momentos en los que él se quedaba a solas conmigo y me besaba los brazos, las manos, la boca y el cuello. Me decía que era su turno para jugar conmigo y que le gustaba.

Yo sabía que algo malo pasaba porque, cuando pasaba eso, sentía ganas de llorar.

Hace dos días lo vi en la calle y me gritó desde su auto: “vení amor de mi vida que te llevo”. Me dio tanto asco que quise revolearle algo.

Ya pasaron 13 años de aquellos eventos y el hombre sigue viniendo a mi casa. Se sienta en la misma mesa que toda mi familia y me mira como si yo no recordara la clase de porquería que es. Gracias al cielo no pasó algo más, pero cada día que pasa me acuerdo de esas situaciones. La única vez que lo conté fue a una amiga, quien me dijo que estaba exagerando, que no era nada. Quizás lo parezca, pero ese tipo me arruinó la infancia.

y que le gustaba.

Yo sabía que algo malo pasaba porque, cuando pasaba eso, sentía ganas de llorar.

Hace dos días lo vi en la calle y me gritó desde su auto: “vení amor de mi vida que te llevo”. Me dio tanto asco que quise revolearle algo.

Ya pasaron 13 años de aquellos eventos y el hombre sigue viniendo a mi casa. Se sienta en la misma mesa que toda mi familia y me mira como si yo no recordara la clase de porquería que es. Gracias al cielo no pasó algo más, pero cada día que pasa me acuerdo de esas situaciones. La única vez que lo conté fue a una amiga, quien me dijo que estaba exagerando, que no era nada. Quizás lo parezca, pero ese tipo me arruinó la infancia.

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