Hay momentos que quedan petrificados en la memoria. Nunca voy a olvidar aquellos que pasé creyendo que era “amor”.

En una sociedad asquerosamente machista, me enamoré por primera vez. Tenía 14 años, era inocente, frágil e ilusa.

Él me elegía la ropa, a mis amigas,  controlaba mis actividades, restringía mis salidas, me obligaba a tener sexo aunque yo no tuviera ganas y me hacía sentir culpable por todo eso. Así era que me la pasaba llorando como loca y hasta pidiéndole perdón.

Siempre mencionaba que mi cuerpo le daba “asco”, ya sea por mi peso o si no estaba depilada como una modelo. No me permitía tener amigos varones porque él consideraba eso algo nefasto. Una de muchas ocasiones, no me dejó salir a cenar y yo me quedé llorando porque amenazaba con dejarme. En otra ocasión, hablé por Facebook con un amigo y me empujó contra la pared acusándome de haberlo traicionado. Me decía que yo lo tenía a él y que por eso no era necesario que hable con nadie más. Para un viaje pre-egresados, mientras yo me encontraba en el boliche, amenazó con suicidarse y hasta que no le mande un mensaje diciendo que me iba a dormir, no dejó de enviarme insultos y demás objeciones.

Un día le conté que un chico me chiflo y dijo: “y si, ojalá te violen”. Pero, contradictoriamente, me obligaba a usar ropas que lo provocaran y a cumplir sus fantasías más allá de lo que yo deseara. Me cogía y después se daba vuelta, frío, con el celular, como si yo no mereciera amor, como si fuera su juguete.

Algunos de estos sucesos son los que más recuerdo, pero fueron más. Ahora sé que ya pasó y soy libre. Estoy contenta y feliz porque aprendí que el amor es libertad. Es florecer, germinar. Relaciones de este estilo sólo son tristes, feas y restan colores al alma.

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