Todo comenzó, más o menos, a mis quince años en un chat. Pasado un tiempo, pasó a ser mi novio. La etapa de enamoramiento duró poco, durante la semana no nos veíamos casi nunca y cuando yo le cuestionaba por qué nos veíamos tan poco me decía: “¿para qué querés que nos veamos más?”.

Él era totalmente antisocial. No participaba de reuniones familiares o con mis amigas, y tampoco me hacía partícipe a mí de situaciones con su entorno. A mis amigas siempre las trataba de putas, y era muy común en él ponerles apodos humillantes a las personas. A una de mis amigas ellas le decía: “la dinosaurio” porque era gordita, a un primito mío de tan sólo 9 años le decía “el ciego” ya que tenía miopía. Estaba todo el día con el celular en la mano, escribía y escribía, yo me quedaba al lado sin hacer nada.

Tenía una mente totalmente siniestra, veía situaciones donde nadie más. Una vez estábamos sentados en el frente de mi casa y vimos pasar por la calle a un vecino que era homosexual. Al rato, salió mi padre en su camioneta a hacer un mandado, eso ya fue suficiente para que él estuviera todo el resto de la relación diciéndome que mi padre era homosexual y mantenía algo con mi vecino. Una vez lo acompañé hasta la esquina mi casa mientras se iba para la suya. Le pedí si no me podía ayudar a pagar las pastillas anticonceptivas, y me dijo: “te voy a pagar las pastillas para que no quedes preñada”, como si yo fuera un animal. Dos veces caminé por las calles de mi ciudad sola de noche para llegar a su casa porque él no me quería venir a buscar para acompañarme.

El día que cumplí 17 años, se quedó sentado, solo y asilado de mis amigas y mi familia, porque le molestó que una amiga mía trajera a su hermano que era homosexual. Cuando le pregunté si se quería sacar una foto conmigo me dijo que no, hasta que apareció mi madre con una cámara y no le quedó otra que sacársela, luego la subí a las redes sociales y me pidió que la borrara.

Él estaba en contra de todas las personas que me querían hacer ver la realidad, es decir, me querían ver lejos de él. Se aburrió de decir cosas irrepetibles sobre mi madre, insultos tremendos que me duelen en el alma, y me hacen sentir totalmente culpable porque no la pude defender. Una vez me dijo que un tío mío también era homosexual y él sabía con quién había tenido intimidad, se reía, siempre se reía.

Cuando, con unos nervios terribles, decidí preguntarle si quería ir conmigo a un recital, me contestó que sí, que tenía ganas de ir, pero que no me pusiera ese pantalón azul que tenía. Tampoco le gustaba mi buzo blanco porque tenía una muñequita dibujada adelante, decía que era de niña y en el camino al recital le pedí que me lo guarde en su mochila que iba casi vacía, y me contestó que no, que no iba a guardar ese buzo horrible en su mochila. Tampoco le gustaba una remera que tenía, me pidió que no me la ponga más, y al verme con una camperita de flores me comenzó a decir “floricienta”.

Uno de los peores momentos fue cuando tuvimos el “intento de la primera vez”, allí intentó penetrarme sin preguntarme si ya quería comenzar, y lo peor de todo es que no usó protección. Sentí un dolor físico terrible y me pasó lo peor, me dio un ataque de pánico. Estuve varios segundos sin poder respirar bien. Me sentí muy vulnerable, tenía solo 16 años y no sabía cómo manejarme en ese nuevo mundo que estaba por descubrir. Pasado un tiempo me comenzó a poner nuevos apodos, me decía robot o robotito, porque no sabía cómo manejarme en las relaciones sexuales y hacía los movimientos de un robot. También me decía “bigotito” porque según él se me veían bigotes en el bozo. Una vez me comentó que sus amigos le habían cuestionado qué hacía conmigo ya que yo no estaba bien físicamente.

Nunca quería usar preservativo porque decía que no sentía lo mismo, hoy sé que eso es una mentira, yo si quería, sabía que eso estaba mal pero no decía nada, me quedaba callada como siempre.

Mi adolescencia la pasé encerrada en mi cuarto, con la persiana baja ya que no quería ver la luz del sol. No tenía ganas de salir a divertirme, ni tampoco comprarme ropa porque me sentía la más horrible del mundo.

A esta relación tampoco se le escapan los engaños, obviamente que me engañó muchas veces, de algunas me enteré y de otras no. Rondaba por las calles de la ciudad en la que vivimos subiendo chicas a su auto, y mandándose mensajes con sus amigos, escribiendo cosas como “ya se bajó, ahora te la mando a vos”. Otra vez fuimos a un recital donde se encontraba una de las chicas con la cual me engañaba, mientras yo lo abrazaba él la miraba a ella y a sus amigas, y cuando llegué a mi casa me dijo por teléfono: “nos miraban con una cara, como diciendo esos dos están juntos”, en realidad las chicas se reían de mí y él gozaba de eso.

Mis amigas y mi prima me contaban de los engaños, mi prima me llegó a decir que había salido con una amiga suya, pero yo no le creía a ellas, le creía a él. Aunque viera preservativos en la guantera de su auto, aunque viera como llegaba un mensaje de una chica a su celular, siempre le creí a él.

Cuando logré terminar la relación estuve mucho tiempo con una sensación enrome de libertad. Pero yo no le había contado estos episodios a nadie, y cuando comencé la terapia me di cuenta de que había sufrido violencia, que había entrado en un círculo vicioso horrible que no me permitía ver la realidad, que había sido humillada una y otra vez, y lo peor de todo es que había perdido mi dignidad, estaba degradada. Era chica para haber sufrido todo eso, tenía 16, mi cerebro no se había terminado de desarrollar.

Hoy estoy acá, sentada frente a mi computadora contando mi historia en esta página porque la terapia me hace querer contarle a todo el mundo mi experiencia. Ojalá que si alguien está leyendo esto y se siente identificada, sepa que esto es VIOLENCIA y no puede pasarle a nadie. Sigo llorando, sigo sintiéndome horrible y sin dignidad, pero estoy totalmente dispuesta salir de esta situación porque tengo sueños, proyectos, y también sé que todos los hombres no son iguales, que puedo ser feliz con alguien que me valore realmente.

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