Esto comenzó en noviembre de 2010.

Fui a bailar con mi prima y unas amigas. A la mitad de la noche, observé como un pibe me llamaba. Me hacía gestos, sus amigos también y yo lo ignoraba por el simple hecho que estaba en otra. Yo bailaba. Él se me acercaba a hablar y yo me alejaba. Así era todo una y otra vez. En un momento me acerqué a la barra, él se pone al lado mío y le dice al barman que quería dos vasos de lo que yo tomaba.

“¿Siempre sos así de insoportable?”, le dije riéndome. “La idea era aunque sea que me hables un rato, sos muy linda”, respondió con una felicidad que me pareció exagerada.

Nos pusimos a hablar, me contó que tenía 24 años, trabajaba con su familia en una empresa y él se encargaba de los repartos. Me preguntó sobre mi, le comenté que me preparaba para estudiar periodismo deportivo. “No puede ser, sos mi chica indicada, soy periodista deportivo” dijo, y ese fervor de alegría era cada vez más intenso.

Yo me reía de todo, un poco por el alcohol y otro poco por lo gracioso que me resultaba él. No era de los tipos que me gustan, para nada, todo lo contrario, pero sin embargo terminamos besándonos. Ni bien culminaron esos besos, se puso mucho más denso y me cantaba, bailaba a mi alrededor diciéndome cosas tiernas. Me pidió mi número de teléfono y se lo di.

Aún hoy no se porque decidí darle mi celular. Nunca me cayó bien, me parecía un tarado y le dí mi número, ¿qué estaba haciendo? Automáticamente le dije que me iba al baño, agarré a mi prima y le dije “nos vamos boluda, ya fue” y me escapé, literalmente. Me fui a un bar a unas cuadras del boliche a bajar la borrachera y cuando me fui a tomar el bondi, pasada una hora de esa “fuga”, lo encuentro con su grupo de amigos en una de las tantas paradas de colectivo.

Me vio y nos besamos otra vez mientras por dentro seguía sin entender lo que estaba haciendo. Había pensado que nunca más me iba a escribir, que no lo iba a volver a ver. Cuando llegué a mi casa, me llega un mensaje: “espero que hayas llegado bien, linda. Ojalá nos veamos otra vez”.

En la semana me habló mucho. Era una charla bastante cortante de mi parte, pero igual le respondía. Llegó el fin de semana y me preguntó qué iba a hacer. Le dije que no iba a salir, pero mentí. Otra vez a ese boliche. Otra vez lo ví. Otra vez nos besamos.

Ya era Diciembre. Seguía viéndolo en boliches, a veces nos besábamos, a veces cruzábamos una mirada y me iba del lugar. Hasta que un sábado fui al boliche donde nos conocimos y lo encontré de traje y zapatos, muy arreglado. No se comportaba como el insoportable de siempre. Me vio, me saludó y al fin de la noche me propuso que seamos novios. Acepté.

Pasamos año nuevo los dos, junto con mi prima que casualmente andaba con un primo de él y varios amigos más. Esa noche intimamos. Nunca había pasado nada antes. Era muy tranquilo y en un punto me copaba porque creía que era un tarado. Cuando comencé a verlo más seguido descubrí que no era el tarado del boliche. Parecía ser amoroso. Parecía serlo pero no, nada que ver.

Un sábado a la tarde me dijo de ir a su casa. Me pasó a buscar por mi casa, comimos algo, nos juntamos con los chicos y fuimos al boliche. Me arreglé bastante. Recuerdo que mi hermano menor ese día me dijo que estaba vestida como “una princesa”.

Vino por mí, fuimos a su casa y al llegar voy al baño. Mientras que me arreglaba, él dijo que quería mostrarme unas cosas y escuché cómo las preparaba desde ahí dentro. Al salir me encontré con que había bajado todas las persianas, habían un par de luces prendidas y él estaba sentado junto a una mesa llena de botellas de vodka, gin, whisky y junto a eso, varias “líneas” listas para hacer su gracia. Mi cara cambió completamente y me paralicé, no sabía qué hacer, quería irme corriendo adonde sea. No pude.

Le dije “Eh… ¿Qué mierda es esto, Pablo?” y me gritó “callate pendeja”. Se mandó una por una las líneas que estaban dispuestas en la mesa. No sé cuantas pero fueron suficiente para que empiece su locura.

Le pegó unas piñas a la mesa, se preparó un whisky y se levantó de su silla hacia mí. Me agarró de los hombros y le dije que me estaba lastimando, que me dolía mucho lo que me hacía y me pidió que tengamos sexo ahí mismo. Me puse a llorar y le dije “soltame, no, dejame ir a mi casa”. Ahí el se calmó y me empezó a pedir perdón porque decía que estaba enfermo, que quería salir de eso, que creía que me iba a impresionar.

Pensé que esa calma iba a ser permanente, pero como dice el dicho “la calma que antecede a la tormenta”, así fue.

Un día me llamó invitándome al cine con su hermano menor y decía que no podía pasar a buscarme porque no tenía el casco para el hermano. Fui hasta a su casa y no estaba su hermano, estaba su escena armada: la mesa, las persianas bajas, las botellas y la droga. Esta vez decidí irme, pero me atacó directamente, ya no quería secar mis lágrimas.

Me gritó, me tapó la boca y me pidió tener sexo. Le mordí la mano, corrí a la puerta y me agarró otra vez. Físicamente era muy fuerte. 1,90 contra mis 1,67. Me tiró al piso y se me refregó, empezó a besarme y yo lloraba pidiéndole que me deje ir. Él decía “noooo, no te vas ir, ¡puta de mierda! Mirá que no tengo drama en drogarte y cogerte si quiero, ¿sabés a cuantas se los hice? No te vas a ir porque si te negás te mato, o mato a tu hermanita, tan linda que es, o a tus hermanos, o porque no a tu papá”. Me arrastraba su boca por el cuello, la cara, me tocaba y yo lloraba.

“Cuando salgas de acá ni se te ocurra denunciarme, eh, yo acá —señaló con un gesto a su alrededor— conozco a todo el mundo, vos hablás y aparecés muerta, ¿entendiste?”. En ese momento me morí, lo digo con mucha tristeza, pero tengo claro que algo de mí se murió. Ese cosito que tenemos dentro que hace tener piedad, cariño, amor, eso se rompió.

Paré de llorar, me callé y dejé que hiciera lo que quiera, porque tenía realmente mucho miedo y sentía que si decía otra cosa más, ya no iba a contar más la historia. Me puso dos líneas de merca al lado, me agarró del cuello y dijo “tomate todo”. No me quedó otra. Tuvo sexo conmigo, se levantó, tomó un vaso de vodka con unas pastillas que sacó de un saco colgado de una silla, me levantó del piso y me dijo que me vaya. Ya era muy de noche, no pasaban los colectivos y lo único que hice fue correr, como nunca en mi vida. Corrí tanto que me perdí y terminé en el centro de Hurlingham. Ahí entré a un restó, me arreglé en el baño, salí y me volví a casa en un remís. No le conté nada a nadie.

Durante unas semanas no salí. Supe por ese grupo de “amigos” que él iba a otros boliches. Una noche mi prima me insistió tanto que salimos a Hurlingham y fuimos recorriendo distintos boliches de la zona. Terminamos en el boliche donde lo conocí. Ella me dijo “Pablo no está acá, Juan dijo que iban a estar en Ramos”. Le creí.

Me divertí intentando olvidar todo lo que había pasado. Me encontré con amigos del colegio y la pasé bien hasta un rato antes de irme del lugar. Bajé al baño y lo vi a bailando a los besos con otra chica. Cruzamos miradas, se me acercó y dije “qué bueno que estés con otra, eh, te felicito, sean felices, gracias”, sonreí y al girar para irme, me agarró otra vez de los brazos pero logré soltarme, así que me fui otra vez a mi casa, sola. Mi prima ya no me importaba, tampoco la gente del lugar.

Llegué a casa y decidí investigar un poco sobre él. No lo tenía en Facebook ni en Twitter. Decidí buscar para ver quién era el enfermo que no podía irse de mi lado. Su perfil era público. La chica con que lo vi era una especie de “novia oficial”, con la que se decían un montón de cosas lindas. Cerré todo con alivio. Esa semana me llamó varias veces y en una le planteé que no lo quería ver más porque sabía que estaba con esa chica, que me estaba lastimando y yo a él no lo quería, simplemente intenté ayudarlo. “Vos no sabés con quién te metes, pendeja. Sos mi novia, sos mía, así que te calmas con tus celos de enferma de mierda”.

El sábado próximo a esa llamada era un nuevo cumple-mes de dolor, tristeza y las peores cosas que me pudieron pasar camufladas con besos y sonrisas que ni yo me creía. Ese sábado fui directamente a bailar con mis amigas y mi prima, quien decía siempre “hablé con Juan y dijo que no van a ir”. Lo encontré devuelta y les juro que nunca me sentí tan desorientada. Había cambiado el look, no estaba arreglado. Tenía puesta ropa deportiva, se había teñido el pelo de verde y blanco y se lo veía muy drogado. Lo encontré dándose besos con “la novia oficial”.

Me vio y empezó a gritarme. “No es lo que pensás amor, no es…” y les juro que no escuché más nada, me puse en blanco, agarré mi bolso del guardarropas y me fui caminando a mi casa con la idea de no pisar nunca más ese boliche. Fueron las 35 cuadras que más disfruté caminar. Sonreía, estaba en otro mundo. Empecé a llorar de felicidad, porque en mi mente imaginé que no lo iba a volver a ver, que no iba a sufrir más.

Pasaron los días y él me llamaba. Yo no atendí nunca. No le hablé más. Ya era febrero de 2011, terminé repitiendo el último año del secundario porque ese psicópata me arruinó la mente. Pensé muchísimas veces hacer la denuncia pero no la hice, el miedo de todo lo que me dijo estuvo siempre en mí, porque la gente con contactos puede hacer mucho daño y de hecho él lo hizo conmigo. Me costó muchísimo rehacer mi vida. Me costó mucho confiar en la gente y mucho más en un hombre, hasta que pude y hoy me encuentro conviviendo con quien es el amor de mi vida y con quien me voy a casar en un tiempo.

Me decidí a escribir porque hace unas horas me enteré que ese sujeto que me arruinó la vida, murió. Ese fantasma que me rondaba torturándome la cabeza no va a estar nunca más a mi lado, ni al lado de nadie. No va a lastimar a otra chica. Hace un tiempo conté la historia dispuesta a cerrar una herida horrible. Lo hice, pero después de saber de su muerte, siento que se cerró todo dolor para siempre. Se acabó para siempre.

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