El primer empujón me lo dio cuando lo desperté despacito para que me abriera la puerta porque yo no tenía la llave del departamento. Hasta ese día nunca un flaco con el que había salido me había puesto una mano encima. Fue tanta la sorpresa y la indignación que me quedé muda, sin entender. Lo miré fijo con cara de “qué hiciste” y al toque me pidió disculpas. Aceptárselas fue lo peor que hice porque fue el comienzo de los peores 5 años de mi vida.

Ese empujón se volvió a repetir el primer día de su cumpleaños que pasamos juntos cuando un 27 de agosto de 2002, después de las 00, lo saludé con un beso y cientos de regalos a los pies de la cama. Además se sumaron insultos. Cuando vio todo eso, no sabía cómo pedirme disculpas. También se las acepté. Y seguí. Los meses trajeron aparejados, empujones e insultos por cualquier cosa hasta que un día, una trompada que era para mí se la dio a un cartel de publicidad de los que están en la calle, en el que yo estaba apoyada discutiendo con él… bah, escuchando sus insultos mientras lloraba. Otra vez las disculpas.

La trompada siguiente sí la recibí yo. Me dejó un moretón en el brazo que cada vez que él mismo lo veía me decía “perdoname, no me di cuenta”. Yo trataba de no hablar del tema, de hacer de cuenta que no había pasado nada, de justificarle su locura y lo que es peor, de creer que ya no lo iba a hacer más.
Tiempo después, una de las tantas discusiones terminó en una patada en mi pierna que me dejó caminando con dificultad por una semana. Ese mismo día, me llegó un ramo de flores a la radio donde yo trabajaba que decía “perdoname, te amo”.

Sucesos como estos me acompañaron durante toda mi relación con él, sumada a todo tipo de vejaciones verbales que una persona no debería recibir jamás, inclusive tener relaciones sexuales cuando yo no tenía ganas. Sí, una especie de violación “consentida”.

El último hecho que determinó que ya me tenía que ir de su lado fue cuando en el medio de una pelea en su casa vi sobre la mesa del comedor un cuchillo. Tenía ganas de agarrarlo y clavárselo mil veces. Cuando tuve dos segundos de racionalidad me dije “estoy enferma, me tengo que ir”. Y al poco tiempo nos separamos definitivamente.

Hace unos días, cuando se lo comentaba a una amiga, me dijo: “¿cómo permitiste que te pasara todo eso?” y le respondí que si bien el enfermo era él, yo también lo estaba. Por permitirlo, por creerle que iba a cambiar y por quedarme.

En ese momento no existía mediáticamente la llamada “violencia de género” tan instalada en la propaganda pública como lo está hoy, si no seguramente lo hubiera denunciado.

Una vez por año, al menos, lo sigo viendo dado que tenemos amigos en común. Lo más raro de todo esto es que yo cada vez que lo saludo lo puedo mirar a los ojos, pero él no. Seguramente sienta vergüenza, culpa o ambas cosas. Vergüenza de no haber tenido el valor de enfrentar la vida triste que llevaba en vez de violentarse conmigo por la envidia que le producía mi profesión, mis amigos y mi familia.

Y culpa por haber lastimado, más en el alma que en el cuerpo, a la única persona que lo amó de verdad a pesar de todo.

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