Esta historia logré contarla mil veces, pero nunca sin llorar. No fui abusada físicamente, pero tampoco podría decir a qué tipo de abuso fui sometida.

Todo es bastante reciente, empezó a mis 19 años, un cinco de febrero. Hacía poco tiempo había terminado una relación hermosa de dos años con una mujer, y debo admitir que aún me encontraba dolida.

Una tarde, me encuentro con una conocida, acompañada por otra muchacha de un estilo muy similar a mis gustos. Decidimos pasar la tarde y la noche juntas, las tres. Y por alguna razón que aún hoy en día sigo sin comprender, me enloquecí de amor por esa mujer tímida, cerrada, con una adicción peculiar a las bebidas alcohólicas. Así que busqué maneras de llamar su atención, al principio discretas luego un poco más obvias, hasta que por fin “lo logré” y ella quiso verme.

Aquí es donde comienza todo.

Ella me explicó, en un principio, que se encontraba en una situación complicada donde aún estaba enamorada de su ex pareja, y que su familia era un caos. En ese momento supe que iba a estar con esa mujer, aunque muriera en el intento, y cabe aclarar, sí morí, reiteradas veces, dentro de mí.

Al principio parecía un juego, nos veíamos cuando ella estaba disponible y yo accedía porque me sentía encantada con su persona. No conocí a su familia hasta entrados los seis meses de relación, cada vez que nos juntábamos era en mi casa o en la de su mejor amiga.

Ella era muy celosa, por no decir enferma. Cada vez que se presentaba la oportunidad, me decía que no me amaba, que nunca me amaría porque ella amaba a otra y que yo nunca llegaría a ser para ella lo que su ex.

Me enfermé, me obsesioné. Empecé a cambiar mi físico. Mi peso, mi corte y mi color de cabello, mi vestimenta y la forma en la que me gustaba maquillarme. Dejé de ser yo misma sólo para sentirme linda a sus ojos, pero nunca era suficiente.

Como dije antes, era una mujer alcohólica, y cada vez que se emborrachaba se ponía violenta y extremadamente celosa de cualquier ojo que se posara en mí. Pero sus ataques eran para conmigo. Públicamente, repitiéndome una y otra vez a los gritos que no me amaba, que no era su culpa no poder amarme. Me decía lo desagradable que era, lo horrible que me veía, lo insoportable que era cuando hablaba.

Para cuando conocí a su familia, entendí por qué no la había presentado antes. Eran muy humildes, cosa que no molestaba en lo absoluto, pero no todos eran buenas personas. Su hermana era ladrona, drogadicta, y alcohólica también. Aparecía un día, sólo porque sí, queriendo apuñalar a cualquiera que tuviera enfrente. Una mujer con cuatro hijos pequeños, a quienes yo cuidaba las 24hs del día, porque en un punto de la relación yo ya no podía salir de su casa, me manipulaba a su antojo, creía en ella y la amaba ciegamente.

A lo largo del trayecto, mi pareja salía con otras mujeres y entablaba relaciones paralelas diciéndome que estaba bien porque nosotras no éramos “legalmente” novias, pero que yo no podía hacerlo porque “era suya”. Me mentía e inventaba historias irreales, que claro está, yo creía sin lugar a dudas.

Me denigró, me desarmó, me humilló públicamente y creó en mí niveles de autodestrucción y de baja autoestima que no creía poder poseer.

Cada vez que yo decidía terminar la relación, ella accedía, y pasaban días sin que habláramos, en los cuales yo recobraba un poco mi ánimo y me sentía al menos un poco más segura de mí misma, hasta que yo recibía un mensaje de texto suyo diciendo que me extrañaba, que yo era “su paz”, que no podía vivir sin mí. Lo creí una y otra vez, “fuimos y vinimos” muchísimas veces, a ella le dolía la vida y yo me creía el caballero con armadura dispuesta a rescatarla de todo, cuando en realidad lo único que hacía era hundirme a mí misma.

Un año y medio duró mi relación.

No voy a decir que me lo merecía por haberlo buscado encaprichada, ni voy a decir que soy una víctima libre de culpa. Creo que me podría denominar como un peón en un juego de ajedrez, queriendo ser más de lo que era, creyendo cada palabra de esperanza que recibía (a pesar de que eran pocas), alimentando mi ilusión, mi idea de que en algún momento yo iba a ser “suficiente” para ella.

Decidí, finalmente, ponerle un alto a todo eso que tanto daño me hacía. Comencé a tener ataques de pánico, de violencia para con mis familiares y amigos, me recluí en una habitación, sola y sin querer tener contacto con nadie porque me sentía avergonzada, dolorida, humillada, sin valor.

Tuve que iniciar un tratamiento psiquiátrico para superarlo, con antidepresivos y a su vez depresores, para calmarme los ataques.

Es hoy en día que aún recibo mensajes de texto de números desconocidos diciendo que me extraña, que vuelva, que ella ahora sí me ama, que esta vez está segura.

No respondo a ninguno, aunque todavía, en ocasiones, cuando huelo su perfume por la calle, me doy vuelta esperanzada.

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