Año 2010.

Venía de terminar una relación de mala manera. Estaba herida, triste, oscura. Quizá por eso me llegué a él. Simpático, tierno, el que le cae bien a todos.

A los pocos meses de la relación decidimos irnos a vivir y finalmente incluso terminamos trabajando juntos.Nos veíamos casi todo el día. Nos llevábamos tan bien, que ni parecía que iba a terminando escribiendo esto.

Cuando cambié de trabajo se tornaron muy distintas. Él había perdido la capacidad no saber lo que hacía yo y siempre que volvía a casa me preguntaba todo. Dónde almorcé, con quiénes, qué hice en el trabajo, por qué llegué 20 minutos más tarde, quién era el que me comentó en facebook, etc. Y no me preocupaba, hablábamos de todo sin problemas y creí que era para sacarme charla y hablar de algo.

Al poco tiempo empecé la facultad. Los interrogatorios se volvieron más largos. Me preguntaba por todas las personas de los cursos, me pasaba a buscar de sorpresa. No me preocupé, creí que era romántico.

Recuerdo que una vez me dijo que juntarme a estudiar con compañeros era para tontos y que seguro los chicos iban para chamuyarme. Que era mejor estudiar en casa, me iba a ir mejor. Le hice caso.

Llegó un momento que cada vez que salía, a la vuelta discutíamos mucho. Argumentaba “tus amigas son todas putas y si salís con ellas, vos también sos una puta”. Si había alguna previa con hombres, solo querían coger conmigo y si yo salía era porque también quería eso. Me llamaba y mandaba mensajes todo el tiempo, y si no contestaba, a veces caía directamente en el lugar donde estaba.

Dejé la facultad también por consejos suyos. “No estudies, si ya tenés laburo” me decía cada vez que podía.

Cada vez que podía y con sutileza dañina le hablaba mal de mí a amigos y familiares. Me descalificaba en frente de otras personas: “dejala, dice boludeces”, “ignorala, es un poco loca”. Se me quitó la posibilidad de opinar. Todo lo que decía era causa de un insulto o maltrato en el momento y después una pelea en casa.

Una noche me enteré por rumores que había estado con una amiga mía. Cuando me enteré, le pregunté y me respondió que yo estaba loca, que lo estaba inventando para hacerle mal porque ya no lo quería. “Si me querés no podés pensar algo así de mí”. Me sentí tan culpable que la culpa se transformó en confianza y le terminé creyendo.

La semana siguiente tuve una caída que me dejó en cama y caminando poco por un mes. En ese mes, él se había acostumbrado a que no salga de casa y no quería que vuelva al trabajo. Yo no podía renunciar; con su sueldo estábamos muy justos de plata.

Al tiempo volví a encontrarme con el rumor de que mi novio había estado con esta amiga a través de otra persona. Otra vez volvimos a discutir, lo admitió y finalmente lo terminé perdonando. Era muy hábil manipulándome.

Toda esta situación me deprimió. No salía de casa, sin amigos, casi sin ver a mi familia y sin planes. No tenía ganas de nada. No servía para nada. La gente no me quería y los que me hablaban era porque me querían coger. Era inútil, fea, estúpido y él solo me quería. ¿Cómo iba a dejarlo?

Las noches después de la última discusión dormí en el piso del living. No podía compartir la cama con él pensando en la otra, pero como era yo la que no quería dormir con él, tenía que irme yo con mi fractura al piso.
El médico que me trató la caída no entendía por qué no me soldaba la fractura. Cuando le confesé que dormía en el piso, me vio tan mal que en lugar de darme el alta, me dio dos meses más de licencia para arreglar mis cosas. Quería que vaya a un psicólogo.

Y fui.

Afortunadamente me trató un terapeuta que entendía muy bien. Que entendía lo que era querer hacerle el bien a otro y no cobrar religiosa y parásitamente de la obra social.

Vi que había otro mundo afuera. Había un mundo con miles de posibilidades esperándome. Entendí que no me quería o por lo menos no era la manera en la que yo quería que me quisieran.

Me separé.

Pasaron varios meses y todavía hoy hay días que me cuesta salir de la cama. Todavía me pregunto qué quieren a cambio cuando alguien hace algo por mí. Todavía desconfío de todo el mundo. Todavía me cuestiono si valgo o si sirvo para algo. Todavía le pregunto a alguien que se interesa en mí que es lo que vio en una persona tan fea, inútil y tonta.

Todavía cierro la puerta con llave a la noche por las dudas y me despierto por cualquier ruido.

Creo que si me hubiera levantado la mano hubiera sido mejor. Lo creo con culpa. Hubiera podido salir de la relación a tiempo. Me desarmó por dentro. Destruyó mi humanidad. Me sacó las ganas de ser.

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