Después de 12 años estoy cerrando las heridas de una situación a la que todavía no le encuentro el por qué.

Se me hace difícil contar algo que sucedió sistemáticamente por años y que recién ahora pude contar con detalle a mi entorno.

Nos mudamos de Buenos Aires a Misiones cuando yo cumplí 21 años. En cuanto me reencontré con él me abrazó y me dijo al oído “Vas a gritar, a correr y a suplicar pero nadie te va a ayudar”. ¿Saben qué? Lo cumplió.

En una oportunidad me rompió dos costillas. Me desmayó a golpes tantas veces que solía darme por muerta, a veces pienso que se frustraba al verme despertar.

Yo siempre me preguntaba por qué no era una buena esposa, no sabía qué era lo que estaba haciendo mal ni qué era lo que tanto le molestaba de mí. Todos los días me auto obligaba a escribir  sobre una hoja “Tengo que ser una buena mujer”, pero para él nada era suficiente.

Tuve que soportar que me apuntara con un arma en reiteradas ocasiones, y también que me obligara a firmar papeles en blanco para sus negocios sucios. Entraba a mi casa cuando se le daba la gana y en cualquier horario para obligarme a tener relaciones sexuales. No le importaba que yo no quisiera, hacía con mi cuerpo lo que quería.

Todo esto pasó durante los primeros 5 años de relación.

Cuando mi hija cumplió 3 años me dejó porque yo no quería dejar de trabajar y porque, según él, seguía comportándome como una insolente.

Cinco años después, cuando la niña tenía 8, se la llevó sin mi consentimiento porque yo no había querido abandonar mis estudios en la facultad, aún separados aspiraba a seguir controlando mi vida.

Pasé más de un año viviendo en las calles y en casa de amigos para poder encontrar a mi hija, pero decidí volver a Buenos Aires porque en Misiones no tenía noticias de ninguno de los dos. Después de tanto buscar un día me dejó verla, bajo la estricta tutela de su padre y de su nueva esposa.

Fueron 11 años de tortura mental y autoflagelo que repercutieron en mi salud, hace 5 años tuvieron que vaciarme debido al agresivo cáncer que padecí.

Recién el año pasado pude volver a tener contacto frecuente con mi hija, gracias a eso me volvió el alma al cuerpo.

 

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