Empezamos a salir en julio y nos veíamos cada tanto. Así como cualquier pibe y minita de nuestra edad, desde el principio, tuvimos problemas frecuentes por celos.

Desde que nos pusimos de novios, no hubo ningún aniversario que pasáramos juntos, siempre me cortaba un día antes. En octubre me engañó con otra y lo perdoné. En diciembre, 3 días antes de nuestro cumple mes, me dijo que lo traté mal y me volvió a dejar. Pasé año nuevo sin él y volvimos el 2 de enero.

De a poco me alejó de mis amigos, cerré todas mis redes sociales para evitar problemas. También hubo un tiempo en que cerré WhatsApp para que ningún chico me hablara. Cuando empecé el colegio traté mal a todo el mundo y por eso me quedé sin nadie que me apoyara, aunque todos se daban cuenta de que tenía problemas. Una vez me preguntaron y los insulté porque no quería que nadie se metiera. Llegué al punto de no hablar con nadie por miedo a que se enoje. También dejé de entrenar.

Cuando cumplió 18, vino a mi casa con la excusa de haberse peleado con su mamá. Él no estudiaba pero entrenaba, entonces venía por la tarde cansado y no me dirigía la palabra. Cuando se enojaba me empujaba o me pellizcaba, y no eran pellizcos así nomás, me terminaba lastimando. A veces reaccionaba y le decía que estaba mal, pero después me di cuenta que si me defendía, era peor.

Un día llegó de entrenar y se acostó. Le pedí que viniera hacia donde yo estaba y se enojó al punto de querer irse de mi casa. Le insistí para que se quedara porque al día siguiente cumplíamos un mes más de relación, pero me empezó a insultar. Como yo no quise darle su mochila, me dijo “cornuda”. Le pegué una cachetada y me la devolvió. Le di una piña a puño cerrado y también me la devolvió con más fuerza, intentando romperme la nariz. Al instante llamó a mi hermano, llorando, diciéndole a los gritos que yo le había pegado. Decidí callarme y me admití que lo golpee porque me había dicho algo feo. Él juntó sus cosas y se fue.

Al otro día, como me sentía mal, me hice atender en una clínica. Me hicieron una placa naso frontal y tuve que inventar que me habían robado, por eso los golpes. Cuando se dio cuenta que no estaba en casa, me dijo que si no volvía me iba a engañar. Lo dejé volver a mi casa y durante esa semana me golpeó todos los días.

En su familia no me aceptaban por no ser evangelista. Me habían dado un plazo de un año para estar con él y después de eso, poder conocerlos finalmente. Yo tenía la tonta idea de que cuando los conociera y me llevara bien con ellos, él dejaría de pegarme.

Un domingo, estuvo enojado conmigo porque me quedé viendo series con mi prima y volví a prender la luz porque estaba buscando una pastilla. Me empezó a decir que era una enfermita y que seguramente me fallaba. Por último, me dijo que esa noche no iba a dormir.

Y efectivamente esa noche no dormí, me quedé acostada en los pies de la cama para ahorrar problemas. Después volví y lo abracé como nunca: Le dije que lo iba a extrañar porque pensaba en cortarle en buenos términos al otro día. Él me dijo: “yo no porque sos re pesada”, para luego comenzar a contarme con lujo de detalles sobre todas las veces que me había engañado. Cuando empecé a llorar, comenzó a sacarme fotos con el celular mientras se reía. Me decía que se las iba a mandar a todas las chicas con las que había estado. Corrí a la cocina para escaparme de la situación, y cuando volví al cuarto, comenzó a pegarme piñas sin parar mientras se reía. También me ahorcó hasta que pude llamar a mis padres.

Mi papá, para no hacer problemas, le dijo que esta noche duerma en la casa pero que al día siguiente se vaya. Cuando se fueron del cuarto, él empezó a juntar sus cosas mientras me decía que le daba asco porque era una gorda.

Al día siguiente me dijo que era una puta y se fue riéndose. Esa fue la última vez que lo vi.

La hice una denuncia y conseguí una perimetral, pero me sigue mandando mensajes como si nada hubiese pasado. A veces siento que con todo eso no puedo seguir, siento que mi autoestima está por el suelo.

 

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