Hacía 10 años que éramos amigos. Él era el jefe de piso de un hospital de mi ciudad, yo una estudiante.

Siempre hubo onda entre nosotros pero nunca nada serio porque él estaba en pareja.

Un día llegó al hospital diciendo que se había separado y que quería que tengamos una relación. Esta noticia me había puesto tan contenta que accedí casi al instante.

Al otro día me dijo que había vuelto con su ex y que lo nuestro había sido un error. Llegué al hospital como todos los días pero con el alma rota y casi llorando. Allí estaba él, mirándome. Me acerqué y quise acariciarle la espalda pero me gritó: ¡No me toques por favor! Luego comenzó a darme las supuestas razones por las cuales decidía quedarse con su ex y no conmigo. Me dijo que no era nadie, que no era una mujer completa y que se casaría con ella porque era doctora. No como yo, una simple estudiante mediocre.

Le dije: “¿Te quedas con ella porque tiene dinero? Dime la verdad”.

Respondió afirmativamente y comencé a llorar. Me acerqué a él para abrazarlo, como si fuese una especie de despedida. Entonces me empujó y me golpeó contra un asiento de concreto. Terminé con moretones, un ojo morado y una enfermedad respiratoria.

Le conté a mi padre lo sucedido y decidió ir a hablar con él. Le dijo que me empujó porque se había sentido acorralado y porque no quería perder la amistad que tenía conmigo.

Su maltrató no cesó. Me sacó violentamente y reiteradas veces de la sala de emergencias, diciendo que no podía hacer guardias porque llegaría su ex. Todos los días me perseguía y me refregaba en la cara su compromiso. También me decía que yo no servía para nada y muchas cosas más.

Tuve que pedirle a la jefa de cátedra que me cambiara de hospital porque él me acosaba.

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