Me llamo Carolina, tengo 18 años. Si cuento esto es simplemente porque me pareció bueno poder contárselo a alguien que no sabe cómo soy ni cómo es él. Alguien que empieza a escucharme sin prejuicio alguno. Pero antes de empezar, pido que no esperen leer que me golpeó o me agredió físicamente reiteradas veces. Lo suyo fue siempre verbal, psicológico.

Vivo en el tercer piso de un edificio de Saavedra, él en el quinto. Se llama Diego y tiene 26 años. En el último piso están las terrazas. Una medianera separa la suya de la mía, y si bien nos cruzábamos ocasionalmente en las escaleras del edificio, empezamos a hablar cuando nos vimos en la terraza. Parecía un pibe copado, tenía pinta de hippie y la verdad es que me cabía desde antes, así que agarré viaje en cuanto pude. Empezamos a salir en diciembre de 2013 e iba tranquilo al principio. Siempre me di cuenta de sus celos por diversas cosas, pero como no soy muy de enojarme, no le daba pelota para evitar los problemas que eso podía conllevar. Quería que estuviera todo el tiempo con él y yo me presté cuanto pude, pero no podía dejar de lado a mi familia los fines de semana o perderme todas, pero todas, las salidas con amigos. Esto obviamente no le gustaba y me decía que ellos eran los que me iban a dar la espalda cuando me pasara algo, que entonces dependería de él y para demostrarme que me amaba iba a “perdonar” mis falencias. Nunca me cerró del todo ese discurso, y se lo hice saber, por eso en cada situación así terminábamos peleados. Cuando bajaba a mi casa me decía que quería lo mejor para nosotros pero que no encontraba colaboración de mi parte, que siempre estaba con mis amigos (es mentira, debo admitir que el tiempo que salí con él, lamentablemente y sin darme cuenta, fui cortándome sola de a poco). Desconfió, obviamente, de las únicas tres veces que fui a bailar mientras éramos novios. Me decía que mínimo me pagaran el taxi y el telo, que usara forro porque él no quería contagiarse ni morirse de nada por mi culpa.

Mis amigos, desde marzo más o menos, aparte de encontrarme distante, me veían triste. Te juro que no me reía como antes de conocer a Diego y cuando me di cuenta, intenté dejarlo, pero por miedo a cómo reaccionaría sólo me animé a pedirle un tiempo. Un tiempo para que él cambiara. Me rogó que no lo hiciera, porque suponía que de eso ninguna pareja vuelve.

Estábamos en su departamento y yo me quería ir, pero él se puso a llorar diciéndome que era la misma mierda que todo el mundo y que él no iba a cambiar al pedo, sólo lo iba a hacer si yo me retractaba. Todo sin dejarme abrir la puerta. Al rato me fui y estuvimos un par de días sin hablar. Sin embargo conocía mis horarios y me esperaba en la puerta del edificio cuando yo llegaba del colegio para ver si venía con alguien (siempre desconfió de un amigo que varias veces me acompañaba a casa); no me hablaba, sólo me miraba abrir la puerta e irme derecho a mi casa. Yo seguía triste porque sabía que haberle pedido “un tiempo” no era “no te quiero ver nunca más”. Pero no quería verlo nunca más; y todo se sentía como un arresto domiciliario. Siempre vigilada, siempre.

Si bien a la semana salimos a tomar algo y empezamos a tener una relación de nuevo, no acordamos ser novios otra vez.

Ya para mayo no aguanté más las situaciones que se venían repitiendo y, después de volver de cenar afuera, le dije que no podíamos estar más juntos. Este es quizás el principio de lo peor. No sólo me hizo sentir horrible, sino que me amenazó a mí y a mi familia. Una vez recuerdo que me dijo que si llegaba a estar con otro tipo, no iba a parar hasta que yo esté en el piso lleno de sangre. Sólo por precaución me envié algunos historiales de chats al mail.

Los días siguientes me seguía esperando cuando llegaba a casa. Lo bloqueé de todos lados, pero recibía llamados de número privado a cualquier hora de la noche. Las primeras veces atendí pensando que podía ser mi hermana o alguien conocido que precisaba algo. Cuando me di cuenta, bloqueé también la entrada para números privados.

No supe de él por un tiempo hasta que después me enteré por mi prima (novia de uno de sus amigos) que Diego tuvo un intento de suicidio aparentemente por mí. Quedó internado y cuando le dieron el alta me pidió que lo fuera a ver a su casa, así que fui.

Aunque estaba tranquilo, me rogaba que volviéramos porque él sin mí no quería vivir. Le dije que para amar a otro primero tenía que amarse a sí mismo y además, que no bastaba un perdón para todo lo que me había dicho. Antes de irme y con pastillas en la mano, declaró que si yo cruzaba la puerta iba a sobredosificarse de nuevo. Por fortuna, junté fuerzas y me fui de todas formas.

Él siguió en la suya por un tiempo. Esta historia se repitió algunas veces más, pero para entonces, sus intentos de suicidio denotaban que sólo buscaba llamar mi atención.

Lo mantuvieron algunos meses más en un psiquiátrico (a todo esto, ya estábamos en principios de julio). A mediados de agosto volvió al edificio y tuvo la caradurez de preguntarme cómo estaba yo, si ya lo había perdonado y si podíamos salir a tomar algo. Lo ignoré, claro.

Se mantuvo así hasta octubre, y el día de mi cumpleaños me regaló una torta que les regalé a los pibes que piden monedas en la esquina de mi casa. Al no obtener respuesta alguna, Diego se enojó muchísimo. En noviembre encontró mi cuenta de Twitter y me empezó a mencionar constantemente, a veces con pavadas, otras con agresiones, otras muy subidas de tono. Yo por las dudas capturé todas las pantallas de estas interacciones, porque ya empezaba a cuestionarme hasta dónde podía llegar esto y quería sentirme lo más segura posible.

Un día, ya cansada de la situación y por una amenaza a mi primas (ambas menores que yo), le conté a mi mamá y a mis hermanos. Ese mismo día terminé en una oficina de la Metropolitana haciendo la denuncia. Quiero destacar que me atendieron rápido y me asesoraron más que bien.

A la mañana siguiente fui a la Oficina de Violencia Doméstica, donde lamentablemente me dijeron que vuelva después de las fiestas porque iban a tardar mucho en atenderme Presentándome a las 9 me dijeron que a las 21 quizás, quizás, podrían escucharme, así que me entregaron un número de legajo o informe, no recuerdo, y me fui.

Dispuesta a volver en cuanto pudiera, la muerte de un familiar y una enfermedad que contrajo mi hermano me impidieron poder concentrarme en eso. Suena estúpido, pero dejé todo el tema legal tal como había quedado a fin de año. Diego me mencionó en Twitter dos o tres veces más, a mi perfil nuevo, que no era tan indescifrable tampoco, pero hoy lo mantengo privado por las dudas.

Estuve mucho tiempo sin cruzármelo y cuando sucedió, ni siquiera lo miré. De todas formas, no me dirigió la palabra. Hoy estamos en mayo y debo admitir que, gracias a mis amigos, sobre todo a ese del que él desconfiaba, ya estoy cerrando su capítulo y entrando y saliendo del edificio como se me canta.

Mil veces sentí culpa por los dos, pensando que la que estaba siendo egoísta y no hacía nada por la relación era yo. Me dejé defenestrar y manipular otras mil y lloré hasta que no me dieran más los ojos, todo sin que nadie me viera. Pero hoy entiendo que el de los problemas, el psicópata, fue siempre Diego; que yo estaba creciendo y que en el proceso me tropecé con una piedra gigante, piedra que hoy ya casi no me es un problema.

No me malinterpreten. No digo que no lo busqué, sino que todo mi ‘gustar’ se dio pensando que iba a ser una relación sana. Diego me marcó, pero hoy entiendo mis errores y gracias a lo que sea, aprendí y aprendo a manejarme con mi círculo, a pesar de mi personalidad distante.

Si sólo se lo mencioné a mi familia al final es porque cuando éramos novios no lo aceptaban, pero tampoco insultaban o comentaban con desapruebo cuando hablaba de él.

El tema está en mejorar lo que somos y saber dejar atrás todo lo que nos lastima, ya sean adicciones, personas, costumbres. Sea Diego. Sea quien y lo que sea.

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