Todo empezó cuando yo tenía 16 y él me agregó al MSN. Le pregunté de dónde me conocía y me dijo que trabajaba en un cyber, que me agregó porque una vez había ido y le parecía muy linda pero ese día no se animó a hablarme.

Pegamos onda enseguida, pero nunca habíamos concretado porque yo no salía mucho y estaba más enfocada en la escuela y en mis otras actividades. Hasta que un día me invitó al cine. Automáticamente nos conectamos, a mí me gustó mucho el hecho de que tuviera 19 años y fuera bastante adulto: trabajaba, vivía solo y ayudaba a su abuela con distintas labores.

Recuerdo que después de ese encuentro llegué a mi casa y a los 10 minutos me llegó un mensaje que decía: “Soy Andrés, te amo”. Yo quedé anonadada, no entendía como alguien me podía amar después de un par de horas de charla, pero no le di mucha importancia. Obviamente al otro día les conté a mis amigas lo que había pasado, y una de ella abrió fuerte los ojos y me dijo: “Ese pibe es un psicópata”.

Luego de ese encuentro no lo vi por un par de días, pero seguía contestándole sus mensajes. Hablábamos por teléfono durante horas y yo trataba de explicarle que no tenía mucho tiempo para verlo dado que hacía muchas cosas durante la semana. En medio de la charla me dijo: “Mira pendeja, no me boludees porque yo no soy uno de esos pajeritos a los que calentás y te coges. Yo soy un hombre”. El corazón me dio un salto dado que no estaba para nada acostumbrada a que me hablen con ese lenguaje, yo seguía siendo chica en algunos sentidos y nadie nunca me había dicho esas cosas. No contesté más y apagué el celular.

Al día siguiente tenía 25 mensajes y 38 llamadas perdidas. Yo me enojé y pensé que el pibe era un denso, ya me estaba cansando pero tampoco le di mucha importancia. Ese mismo día, a la salida del colegio, me estaba esperando en la vereda de enfrente con un ramo de rosas blancas. Todos mis compañeros me decían que era muy tierno y que no podía rechazarlo, así que crucé, me encajó un beso y me dijo que nunca más le hiciera eso. Luego, ya camino a casa, me preguntó si quería ser su novia, y yo, inocentemente, le dije que sí.

Los primeros meses de relación fueron normales, él salía y se divertía con sus amigos mientras yo disfrutaba de mis actividades. Nos veíamos todo el tiempo posible y él me respetaba mucho.

Sólo había un problema: era demasiado celoso. A veces se excusaba diciendo que confiaba en mi pero no en los hombres, que eran unos degenerados que me miraban todo el tiempo. Así deje de vestirme con ropa ajustada y también de maquillarme. Andrés me elegía la ropa, me decía como peinarme y demás. Se volvía loco cuando me veía con algo escotado o zapatos altos, para él todo lo que las chicas usan a mi edad era “sensual”. Pero no todo pasaba por mi aspecto, también llegó a revisarme el mail y el MSN. Sin que yo supiera me cambió todas mis contraseñas para evitar que hablara con alguien. Se volvió sumamente agresivo con mis amistades y con cualquier persona que me hablara. Llegué hasta el punto de tener que eliminar los mensajes que me mandaba con mi propio primo, por miedo.

Después de cada discusión Andrés se disculpaba llorando, jurando que me amaba y que todo era por mi bien, porque yo era muy inocente y muy confiada de todo el mundo.

Con el paso del tiempo decidí que era hora de entregarle mi virginidad. Lo amaba, ya no necesitaba esperar. Recuerdo que fue muy dulce y amable, me cuidó mucho, creo que fue el único recuerdo lindo que me llevo de esa relación.

Automáticamente todo cambió: dejó de hablarme, desaparecía días enteros y dejó de tener tiempo para mí. Cuando yo le planteé esto, me dijo que quería ser libre y que si no me gustaba que me jodiera porque “toda cogida nadie me iba a querer”. Cuando me dijo eso me largué a llorar y le dije que era una mierda de persona. Andrés se sacó, comenzó a sacudirme y a tirarme de los pelos. Yo me asusté y agarré una sartén que estaba cerca, le pegué en la cabeza. El golpe no fue fuerte dado que no tengo mucha fuerza, pero bastó para que me suelte. Me fui a mi casa muy asustada y no quise hablarle más.

Durante varios días no contesté sus llamadas. Él me seguía, me iba a buscar a la escuela y a mis demás actividades, pero yo estaba decidida y no quería volver con él.

Siempre critiqué a las víctimas diciendo que si les pasa una vez es culpa del agresor, pero si pasa dos veces, la culpa es tuya. Ahora entiendo cómo te incorporan en un círculo del cual es casi imposible salir.

Increíblemente, en el fondo, lo extrañaba. Me sentía mal y creía que sin él no podía respirar, así que terminé cediendo ante la condición de que las agresiones no de repetirían nunca más. Por supuesto que no fue así. Pasado un tiempo, Andrés, me fue a buscar a una de mis clases de salsa y me vio practicando con un compañero, instantáneamente se enfureció. Yo no le hice caso y continué hasta terminar con mi práctica. Cuando me subí al auto me miró con asco y me dijo: “Vos sos una pendeja calienta pija, a esta clase no venís más ¿Te quedó claro?”. Empezamos a discutir, lógicamente. Pasados unos minutos se tranquilizó y se acercó para darme un beso, pero lo que el buscaba era dejarme una marca. Le pedí que se aleje y contestó: “Te dejé esa marca para que el maricón de tu compañero sepa que yo soy tu novio, que sos mi nena y que se buque otra”. Me había marcado como al ganado, para que todo el mundo supiera que yo tenía dueño.

Días más tarde, en su casa, me puse a ver una boletas que le habían llegado. Me resultó raro que estaban a nombre de un tal “Gonzalo”. Cuando fui a preguntarle, su cara se transformó completamente. Empezó a tratarme mal y hasta me dio empujones por meterme en asuntos que no me correspondían. Luego me lo confesó todo: su nombre real era Gonzalo, no tenía 19 sino 32 años. Según dijo, no me lo había dicho antes por miedo a que lo deje. No le di importancia y seguí con la relación por casi dos años, ocultándoles la verdad a mi familia y a mis amigas. Esos últimos años estuvieron llenos de peleas, denigraciones y engaños. No me alcanzarían los caracteres para contar todas las veces en las que me humilló.

Mientras tanto, sufría en silencio. Sabía que no estaba bien, pero me daba vergüenza contarlo. Me peleaba con todo el mundo y vivía tensionada, no tenía ganas de nada.

Mi punto de inflexión se dio cuando encontré en su celular un mensaje que decía “hay que repetirla, la próxima me voy a coger dos veces más a la puta esa”. Esa mujer a la que él llamaba “puta” fue luego la madre de su hijo.

No aguanté más y lo enfrenté. Me dijo que era una estupidez, que yo era su nena con la cual hacía en amor, en cambio, con ella cogía. Me indigné y me fui para no verlo nunca más. Le pedí que me dejara en paz y que me dejara ser feliz de una vez por todas. Aceptó y me dijo que fuera a su casa al otro día, mientras él estaba en el trabajo, y que juntara todas mis cosas.

Grata sorpresa me llevé cuando entré a su casa y me tiró al suelo de una cachetada, me sacó los pantalones y, con el guardapolvo puesto, me violó. Nunca me voy a olvidar esa voz diciéndome: “Siempre vas a ser mi nena. Como me calentás con ese guardapolvito blanco. Tan buenita que pareces y sos terrible puta”.

Me fui de su casa con una mezcla de asco, dolor y denigración.

Es el día de hoy que me sigo arrepintiendo de acceder a muchas cosas que físicamente me dolían, no soportaba o me daban asco.

A partir de ese allí las cosas empeoraron para mí. Ya no podía salir de casa porqué él seguía todos mis movimientos. Llegó a hacerme un escándalo en un boliche, quiso pegarle a un amigo y me mandaba mensajes amenazándome. Hasta se tatuó mi nombre en su muñeca. A pesar de eso, no desistí.

Decidí contarles a mis padres lo que pasaba cuando me llegó un mensaje de aquella prostituta que antes mencioné, amenazándome con cortarme la cara si no dejaba en paz a su novio. Ellos, a pesar de ser unos padres muy presentes, nunca se dieron cuenta de nada. Nunca di indicios, me había convertido en una perfecta actriz que lloraba a escondidas y maquillaba sus moretones. Al otro día mi papa decidió ir a hablar con él para advertirle que si volvía a molestarme haríamos la denuncia, por suerte el acoso cesó.

Pasaron casi dos años hasta que me contactó de nuevo. Mis heridas ya habían sanado y sentí que era hora de demostrarlo, de que él supiera que yo nunca me quebré y que pude ser feliz a pesar de todo. Ese era mi trofeo personal. Ya no me sentía una nena indefensa, entonces charlamos como si nada hubiese pasado. Me invitó a una confitería para charlar y tomar algo, accedí. Cuando llegué quiso abrazarme pero no lo dejé. Lo miré fijo a los ojos y le pregunté: “¿Por qué?”. Se quedó callado, bajó la mirada y yo volví a hablar: “Necesitaba cerrar una etapa y creo que lo logré”. Me levanté y me fui a mi casa muy liviana, acabé con aquel círculo violento. Costó, dolió, pero pude.

Después de ese día nunca más volvió a contactarme y si me lo cruzo en algún lado baja la mirada. Supongo que siente vergüenza, la misma que yo sentí durante varios años.

Tuve la suerte de nunca separarme de la gente que realmente me ama, me apoyé en ellos y hoy puedo afirmar que soy una chica muy feliz.

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