Todo lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

Tenía 6 años y recién nos habíamos mudado cuando, un día, mi hermano y mi mamá salieron.  Mi papá me dijo: vamos a jugar un juego” y yo le dije que sí, aunque igualmente me amenazó con que no le contara mi mamá porque sino la mataría a ella y a mi hermano. Puso una película pornográfica y me dijo que haríamos lo mismo. Yo no entendí nada, sólo sé que no me gustó y lloré.

Solía hacerme masturbarlo; se metía mientras me bañaba; me echaba semen en mi abdomen; me manoseaba; y metía sus dedos dentro de mí. Cuando no quería, me encerraba o me pegaba en el estómago hasta sacarme el aire. Me lastimaba y me le decía a mi mamá que me portaba mal y no obedecía.

Así pasaron los años, y mientras, cuando tenía ocho años un primo me manoseaba. Recién a los 12 le conté a mi mamá, quien me llevó al doctor y habló con él. Yo ni siquiera entendía qué era penetración. Me hicieron mil preguntas para que al final volviéramos a casa y me dijeran que no podía decir nada porque no me creerían. Todo me condicionaba.

Pasaron tres años hasta que le conté a alguien más y recibí ayuda. Ahora tengo 27 años y no he podido superar ni la cuarta parte de lo vivido.

 

 

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