Nunca había tenido novio ni me habían querido porque era tímida y poco amiga de la higienización. Era fea y usaba anteojos. Me vestía mal. Escuchaba metal. Tenía 17 años, poco para los 18, y aún me enamoraban los gestos tontos. Me habían lastimado mil veces.

Fui a rendir el First Certificate y me puse a caminar por la Avenida Corrientes en el descanso. Entré un rato a un cyber para ver mi Facebook y me hizo una seña tonta. Me pareció simpático así que le hablé. Me subí a su moto sin conocer los peligros que guardan los extraños y me dejó de vuelta en donde hacía el examen. Me pidió el celular y se fue. No era atractivo, pero hoy lo recuerdo como la persona más horrenda que haya existido. Flaco, consumido por la droga. Todavía creo que aquello fue una pesadilla. No logro entender como sobreviví.

Nos seguimos viendo porque me encantaba sentirme adulta con alguien que me llevaba a comer y a conocer la Capital que mis padres, por miedo, me negaban recorrer en soledad. Cumplí 18 y mi relación recién comenzaba. Me puse de novia por primera vez, creo que a fines de marzo. Él me compró mi primer smartphone, aquel que dio lugar al comienzo de mi agonía. En mi mente aún seguía siendo inocente, jamás pude cortar el cordón con mi vieja y hasta el día de hoy soy dependiente de la gente. Él supo aprovecharse bien de eso. Era un hombre encantador con todo el mundo, aparentaba amar a mis padres porque tuvo una infancia jodida entre la droga y la delincuencia que le hacía extrañar a los suyos.

De un momento a otro, comenzaron los celos enfermizos. Tenía que cuidarme de lo que hablaba. Me acompañaba a la facultad y pronto se compró a todos los de recepción. Yo era muy buena alumna, por lo tanto, me tenían aprecio y sabían quién era. Se quedaba a dormir en mi casa los días que cursaba para al otro día, llevarme. Mentira, me llevaba a la casa porque decía que yo me acostaba con mis profesores. A todo esto prosiguieron los escupitajos, tirarme al suelo y patearme, insultarme y rebajarme hasta lo más mínimo. No podía respirar, me ahogaba. Era tan perverso que al tener “calle” sabía dónde pegarme y que no me queden marcas. Jamás tuve ni una sola, hasta el último día.

Hay cosas que no recuerdo porque decidí borrarlas de mi mente, pero aún tengo ataques de pánico cuando piso Constitución o Barracas, porque me lo he cruzado 3 veces. Y porque sigue mirándome de la misma forma cínica.

De a poco comencé a caminar mirando al piso, cuando me llevaba en la moto hacía lo mismo porque ualquier mirada aleatoria era para problemas. No importaba la edad de las personas, él creía que podía engañarlo con un infante o con un señor muy mayor porque era una “puta”. Lo era por tener amigos, por tener hermanos varones (que vi 4 veces en la vida) y por tener profesores del sexo masculino. Era una puta por entablar conversaciones triviales con hombres, niños o lo que fuere.

En un ataque de nervios, mientras estábamos en el banco, le dejé la mochila y le dije que iba al baño. Me escapé. Corrí. Barracas, Constitución, Retiro, no sabía dónde ir. No quería ir a mi casa, quería huir de ese infierno. Me tomé la costera a La Plata. Y en un ataque de lucidez, antes de subir a la autopista, le conté al chofer que “me había escapado de casa y me arrepentí”. Para mi desgracia fue a buscarme él porque mis padres son gente grande y estaban imposibilitados. Me trajo flores y mil promesas, pero tiró una frase bastante desafortunada: “a las mujeres hay que tenerlas cortas porque si no se escapan”.

Con el tiempo volvió a revisarme todas las redes sociales y el celular.

Un día vio un mensaje que le envié a un amigo que jugaba en Lanús. No era nadie, no lo conocía pero necesitaba gritarle a alguien lo que estaba viviendo. En consecuencia, me llevó por la Avenida 9 de Julio y me tiró de la moto en movimiento. La gente me ayudó y yo les conté lo que pasaba, pero sin detalles. Todavía no era la hora, no era el momento. Todavía no había despertado.

En una ocasión fuimos a Bariloche con mi familia. Bariloche es mi lugar en el mundo, es mi paz. Pero él lo convirtió en el “Colombia” de Carolina Aguirre. Delante del contingente era el ser más adorable del universo, dentro de la habitación era Rivotril y alcohol. Era encerrarse y luego salir y golpearme. Fue entonces que empezó su abstinencia a la cocaína, estaba más violento que nunca. Nadie lo notaba y yo lo sufría. Me agredió en plena Avenida Bustillo y cuando una mujer quiso defenderme, la pobre también se llevó parte de su locura. La policía quiso detenerlo pero se frustró porque lo defendí. Después me compró un peluche para pedirme perdón.

En Buenos Aires pasaba las barreras bajas de los trenes con los segundos contados, jugando con la muerte. Le daba adrenalina. Era una señal, pero yo no entendía las señales. Sabía lo que estaba pasando, sabía que estaba siendo parte de violencia de género. Hasta lo expuse en un foro del Grupo Scout San Vartan. Conté mi sufrimiento, pero todavía no era la hora de despertar. Creo que sentía que la única forma de salir de tal círculo vicioso era la muerte y la esperaba de forma inconsciente.

Mención honorífica para su violencia psicológica. Que cómo iba a ir vestida así, que seguro toda la gente me miraba y me decía que iba vestida como puta (por más que este vestida de invierno). Que nadie me quería y muchas cosas más. Cuando pasábamos por la cancha de Huracán, al costado de las vías, buscaba gente que según él iba a desfigurarme la cara porque era muy linda, porque así nadie más iba a quererme. Decía que él jamás le pegaría a una mujer (mentira) y que quería a alguien que lo haga por él.

En cada momento a solas me amenazaba para tener acceso carnal y yo accedía por miedo. Una vez me ultrajó analmente porque sabía que dolía y se rió de mi dolor. Para justificarse decía que eso me pasaba por todo lo que le hacía. Que a mí me gustaba lastimar a los hombres, ilusionarlos. Las violaciones eran moneda corriente. Me odiaba. Odiaba mi cuerpo. Odiaba mi vida. Me golpeaba y decía que yo quería que me secuestren. Luego de cada sesión de golpes, humillaciones y demás atrocidades, repetía “eso te va a pasar si te secuestran y yo no quiero que te pase eso”. Así de enferma era su cabeza. Y lo hacía en la calle también. No tenía problemas.

Cuando dormía en mi casa, me despertaba siendo ahorcada. Hasta que un día vino mientras que mis viejos estaban en una parrilla. Le abrí la puerta. Entró, y me ahorcó con mi remera, subió a mi habitación y rompió todo. Absolutamente todo porque estaba convencido que lo engañaba. Mis vecinos salieron corriendo a defenderme y  le dijeron que no pise más el barrio porque lo mataban. Pero yo lo seguí perdonando.

En la moto me lastimaba las piernas, me hacía cortes con las uñas y me hacía quemar con el escape. Yendo a su casa aceleró con violencia y me dijo que él se iba a matar, pero yo iba a ir con él. Me saqué el casco y lo tiré, entonces paró la moto y corrí. Corrí y me escondí, pero me siguió y me encontró. La policía caminera nos vio y me dijo de hacerle una denuncia. No. Todavía no era la hora de despertar.

Un 29 de diciembre de 2012, antes de ir a trabajar a Coto, de paseo por Once con mis padres, le dije de ir a la casa a compartir mi caja navideña. Paréntesis acá. Empecé a trabajar porque quería mudarme con él. Si, así de enferma estaba yo. En horarios de trabajo apagaba el celular y creía que estaba con otro, por eso se tomaba la molestia de venir de Barracas a San Martín a vigilarme. Continúo con el acontecimiento. Él se negó a pasarme a buscar por Congreso así que hice el camino hasta la Avenida Saenz con el 100 como ya era costumbre. Le dejé las cosas y fuimos a comprar comida. Jamás voy a olvidarme de las milanesas con puré. De repente agarró el nokia 1100 que me había comprado en una cueva y leyó el mensaje de una persona, que ni se aclaraba si era hombre o mujer porque no lo tenía agendado. Fue un simple “hola ¿cómo estás?” Recuerdo demasiado bien ese mensaje y no entiendo cómo fue el disparador de tanto. Me tiró el celular, que era irrompible, y comenzó con un interrogatorio violento que era tan costumbre como respirar. No recordaba quien era, pero seguro era alguien que conocí en el foro de Estudiantes de La Plata cuando era simpatizante del equipo. Me dijo que le responda y esta persona se dio cuenta de la situación. Claramente todo el mundo sabía lo que pasaba, menos mis viejos.

En 3 horas entraba a trabajar hasta la noche, así que senté para poder comer porque tenía hambre. Él me tiró el plato en la cara. No me voy a olvidar jamás de ese puré porque estaba hirviendo y mi cara se hinchó de la quemazón que me provocó. Ardía demasiado. Me amenazó con matarse y se empezó a lastimar los brazos con un sacacorchos. Cerró la puerta con llave. Estaba obsesionado con el personaje Jigsaw y justamente El Juego del Miedo estaba comenzando. Era yo, midiendo 1,49 y pesando unos 40 kg contra un tipo 10 años mayor, drogado y rozando el metro 80. La gente drogada no tiene noción del dolor ni de la conciencia, esto era una carrera por sobrevivir. Me agarró del pelo y me tironeó tanto que tuve la cabeza hinchada por días. Me arrojó un vaso contra la pierna, se rompió. Pequeño corte. Cuando se calmó y me recosté. Pero al rato me despertó levantándome de la ropa, rompiéndomela, vaciándome una botella de litro y medio de Sprite encima. Me encerré en el baño, no podía llamar a nadie, no tenía como. Era mi fin, necesitaba morirme para escapar. Sabía todos mis movimientos, dónde iba, dónde cursaba, dónde trabajaba. Conocía todo de mi familia porque los manipuló. Era lo que necesitaba. Ya está. Tiró la puerta abajo y abrió la ducha de agua fría para meterme debajo, pudiendo yo haberme desnucado contra el zócalo. Me agarró del cuello y me ahorcó otra vez. Después agarró una tijera y me la apoyó en el cuello. Vi mi vida pasar por mis ojos. Creí que eso era todo delirio de la gente. Sucedió. Pensé mil veces en mi vieja: “sabes dónde está el departamento, lo conoces. Si me pasa algo, por favor voy  a estar ahí. No me busques en cualquier lado si desaparezco. Voy a estar ahí. Si empezas a atar cabos vas a entender que no me fui, no me escapé. Me mataron. Me entregué. No podía pelear más”. Todo pasó en segundos, pero mi cuerpo se puso flojo. Tenía 18 años, faltaban 3 meses para cumplir 19. ¿Qué tenía por perder? Mi carrera de radióloga estaba perdida por su culpa. No tenía amigos, no tenía nada. Además, debía destrabar la puerta, bajar una escalera que estaba por derrumbarse y abrir otra puerta. Era imposible escapar sin que me agarrase de nuevo. Mis nervios no daban para tanto. De nada sirve rezar, pero esa vez recé. Y me soltó. Me dijo que jamás aparezca. Me abrió la puerta de abajo y salí. Nunca más volví a ese lugar. Un policía de la metropolitana que salía justo de franco me llevó a la comisaría e hicimos la denuncia. Mis papás aparecieron enseguida. San Martin – Parque Patricios en 15 minutos. Él se entregó. Mi viejo lo quería matar, pero no quería quedar pegado por imbécil.

Ese día fui a trabajar. Terminé temprano, me cambié y me senté en una escalera para intentar comprender lo que había vivido. No podía despertarme todavía. Estaba viva. ¿Por qué? Vino un compañero al cual le he tenido mucho aprecio y le conté todo. Me abrazó y pude llorar. Nunca había llorado, pero recién ahí pude caer. Triste destino terminó siendo que ellos se conocían del barrio, de Grand Bourg. Tenían la misma edad, y no podía creer que su amigo de la infancia haya hecho todo eso.

A la semana tuve que ir a ver al médico legista otra vez a Patricios. Él estaba esperándome en la Avenida Pueyrredón para pedirme que levante la denuncia. Me llevó a la comisaría y se fue porque si no volvía a quedar pegado. Me dijo que había cambiado. Días antes de la agresión final me pedía que me case con él, cosa que he leído en muchos casos de este tipo. Y así fue mi historia con él. Una perimetral que jamás fue. Un enfermo libre.

Hoy tengo 22 años y mi depresión sigue. Pero estoy feliz de que esa pesadilla haya sido enterrada para siempre. Tengo el cariño de alguien que sabe cómo quererme y respetarme. No sé si será para toda la vida,  o si se irá en semanas, pero comprendí la diferencia entre ser dependiente y estar con alguien en libertad.

(Visited 348 times, 1 visits today)