Tenía 17 años y mis padres discutían.

En un momento, mi mamá viene con el ojo hinchado, diciendo que se iba de casa, que no podía estar más con mi papá, que me quería pero tenía que dejarme con él, porque él me iba a dar una mejor vida.

Se iba sin decirme adónde.

Al rato, escuché gritos otra vez. Fui hacia los gritos y ahí lo encontré a él. Me gritó y retrocedí varios metros, hasta quedar arrinconada contra la pared. Levantó su mano. Nunca lo vi tan enojado. “Tu mamá se pegó sola contra la mesa de luz para hacerme quedar mal”.

Le contesto, como nunca antes en mi vida, “levantá la mano más, dale, pegame, es lo único que te falta”, le dije. Me miró, amagó a pegarme, bajó la mano y se puso a llorar.

Horas más tarde estaba de viaje con mi mamá, a mil kilómetros de distancia, a hacer una vida nueva. Daba cualquier cosa porque mi mamá estuviera bien.

Meses después, ella decide volver a casa. Unos días bien, luego mi papá volvió a ser el mismo de ese día. ¿Cómo debía enfrentar esa situación?

Mi viejo nunca me pegó pero maltrataba a mi mamá, que es lo mismo que maltratarme a mí.

Cómo no querer morir para terminar con tanto sufrimiento.

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