Sinceramente nunca pensé que podía decidirme y contar esto, ya siento ganas de llorar, náuseas y aquel dolor insoportable.

Me sé de memoria todas las justificaciones que existen para seguir al lado de una pareja abusiva porque durante años mi mamá se encargó de enseñármelas.

La última imagen que tengo de mi papa es él, todavía borracho y agarrándose de las paredes para no caerse, mientras nos gritaba: “¡Váyanse hijos de puta, no vuelvan nunca más!” Ahí estábamos de nuevo: mi mamá, mi hermanito y yo. Bolsos al hombro, debajo de la lluvia y aterrados porque no sabíamos que vendría después. Otra vez nos mudábamos a lo de algún familiar, nuevamente cambiábamos de colegio, de rutina y de vida… No era la primera vez que nos íbamos.

La primera vez yo tenía 8 años y muchos golpes encima, pero ya no me quedaba miedo alguno porque para mí era normal verla a mi mamá llorando y a mi viejo pasado de alcohol. Lo normal era no dormir por culpa de mi viejo, el cual se dedicaba a cantar a los gritos toda la noche. Lo normal en mi casa era la violencia.

Cuando nació mi hermano menor, mi mamá y yo, pensamos que todo iba a cambiar, pero la única que cambió fui yo. Me había cansado de vivir con miedo, con golpes. Estaba cansada de no poder jugar. Mi viejo llevaba ya dos días completamente ebrio y drogado, eran las 7 am cuando salió de casa (seguramente para comprar más droga). Era el momento perfecto y lo aprovechamos. En una bolsa de supermercado metí un poco de ropa y me fui, con mi hermanito en brazos. No sabía a donde ir ni cómo iba a llegar, pero ya no podía resistirlo más. “¿Qué haces?”, me preguntó mi mamá mientras lloraba en la cama. Hoy en día, cuando estoy mal, ella me recuerda ese momento y me pregunta donde quedó esa nena de ocho años que se le impuso diciéndole que se iba a ir con o sin ella.

Así fue como nos fuimos por segunda vez, con miedo, con pocas cosas y nerviosas de que él nos pudiese encontrar en el camino y así matarnos a golpes.

Era mi segunda huida, pero no la de mamá. Habían pasado ya casi 18 años de relación y ella ya se había ido gran cantidad de veces. Él la odiaba tanto que la ataba para que no pudiera escapar. Los golpes, los gritos y los insultos eran algo cotidiano como también las flores, las disculpas y el “amor”.

Por casi tres años rotamos en casas de familiares. Mi viejo los primeros meses no nos pasaba alimentos y encima exigía visitas. Yo estaba hundida en una gran depresión y con el tiempo nos cansamos de esto, pero mamá lo seguía viendo.

Volvimos y se casaron.

Esto nunca lo había puesto en palabras, pero ahora soy capaz de admitir que le creí. Había dejado de tomar drogas y nos decía cuanto nos amaba. Éramos felices. ¡Por fin íbamos a ser una familia! Yo particularmente nunca había estado tan feliz.

Duró cuatro meses.

Cuando todo término me sentí destruida y engañada. Él me había querido golpear y no sé cómo, me defendí. Ambos nos asustamos, ambos lloramos. Supe que era el fin, de nuevo. Él gritaba desde la puerta mientras nosotros, por última vez, nos íbamos. Nunca más nos buscó, ni tampoco nos llamó. Aún con todo lo que nos había hecho, su abandono me dolió (y aún me duele).

Prefirió vivir drogado. Nosotros preferimos vivir en paz.

Me veo todavía  llorando con mi vieja en una habitación de hotel sucia porque otra cosa no habíamos podido pagar, llorando por el desengaño, por lo estúpidas que habíamos sido al creerle. Y fue ahí que me la imagine a ella haciendo esto pero durante los 18 años que había durado su relación. Un sinfín de llantos en hoteles baratos culpándose y peguntándose qué es lo que había hecho para merecer eso.

Hoy lo recuerdo todo de nuevo y me muero un poquito mientras lo revivo en mi cabeza.

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