Siempre estuve muy orgullosa de mi memoria. Puedo recordar con extrema facilidad detalles, fechas, momentos y distintas épocas de mi vida. Pero hay un momento que no puedo encontrar, que parece esconderse en los recovecos más oscuros de un laberinto. Siempre escapa: no puedo recordar cuándo comenzó. Quizás fue la costumbre, y mi cerebro no pudo fijar inicio de una rutina, sino la rutina en sí. Aún puedo recordar, y la recuerdo muy bien, esa cruz de madera que dejaba su huella en mi mano cada vez que con todas mis fuerzas agarraba ese pedacito de Dios. Olvido también la cantidad de explicaciones que pedí, a Él, a Dios, en cada caricia a esa cruz.

Vengo de una familia típica. Tan típica que podrías vernos en cualquier novela de Polka. Esas que pasan a la hora de cenar. Unión, valores y todas esas cosas. Una de nuestras tantas actividades familiares era ir a la casa de mi tía al menos una vez por semana a cenar. Allí vivía junto a su marido, mi tío, y mis dos primas. De chiquita nunca logré apreciar a mis tíos, en mi familia nadie entendía el por qué, si yo era su ahijada y siempre obtenía los mejores regalos cada navidad.

Cómo es costumbre, finalizada la cena se desarrollaba una larga sobremesa de horas y horas. Era ahí cuando mi padrino se ofrecía gentilmente a que use la computadora que estaba en la habitación de mi prima ya que yo no tenía una propia. Me negaba siempre, y mis padres con el afán de mantener las buenas costumbres me obligaban a ir.  ¿Por qué nunca se preguntaron cómo a una nena que tanto le gustaba jugar a los jueguitos se niega rotundamente a la posibilidad de tener una computadora para ella sola? No es lógico.

Esa era la rutina. Me sentaba frente a la computadora y él, por atrás, me hacía lo que quería. Era otro el cuarto, bastante oscuro ya que tenía las luces apagadas y el monitor encendido.  A cinco metros estaba la alegría familiar. Nadie sospechaba nada. Nunca.

Al principio —o lo que yo trato de contextualizar como un comienzo— no entendía la gravedad de la situación. Sabía que era extraño, se sentía así, pero lo justificaba en la base del amor por su ahijada. Él me quiere tanto. Sí, seguro es por eso.

Los años pasaron y semanalmente se mantuvo la rutina.  En un determinado momento empecé a pensar que, si mi papá les hacía eso a mis primas, iba a estar mal y yo me iba a enojar muchísimo. Ahí fue cuando reaccioné. Por dentro. Porque por fuera todavía estaba paralizada. No podía moverme cuando él ponía las manos sobre mí. No podía llamar a mi mamá. No podía llorar o gritar, sólo podía demandarle a Dios un por qué. Como de Dios nunca hubo respuesta, traté de imaginar cuál había sido mi error. ¿Qué había hecho yo para que mi tío tuviera que hacerme estas cosas? Era muy chiquita.

El brillo de esos viejos monitores blancos de tubo, mi pequeña cruz casera de madera y alambre, el frío que viaja desde la médula hasta la nuca congelada, casi eléctrico. Estas serían las imágenes del infierno, de mi propia película de terror.

Era adolescente ya y un día, de la nada, decidí contárselo a mi mejor amiga. Me dio un ultimátum, si no hablaba inmediatamente con mis padres, ella se tomaría la molestia.

Así fue como se los conté. Primero a mi mamá, quien no hizo más que llorar en una intensidad progresiva a medida que profundizaba más y más en la historia. Después, el turno de mi papá. Él siempre tuvo facilidad para las palabras, fue a los 14 años que por primera vez lo vi enmudecerse. Rogué silencio, que no contaran nada. No quería que mi papá pierda su única familia que todavía le quedaba, a su hermana. No podía ser tan egoísta. Demandé un juramento, que juraran su silencio. En parte no quería ser juzgada por nadie. En parte todavía tenía miedo.

Una vez que rompí el muro del silencio, cayó la ficha de todo lo que había ocurrido. Casi de repente comprendí todo ese odio y esa tristeza que cargaba dentro. Ese fue el peor calvario, entender, darme cuenta.

Seis meses después el corazón de mi tío se rindió. Falleció por una muerte súbita. Partió de este mundo sin dolor, como un héroe, así lo era para todos. Como el hijo de una injusticia divina. Era tan joven. Su velorio estaba lleno de gente que entre lágrimas y sollozos otorgaba sus respetos y un último adiós. En su tumba siempre posan unas flores.

Ocho años después sigo imaginando que muere por mí, que yo lo maté, porque ha sido así todos los días. En mi mente lo asesiné con mis propias manos muchísimas veces y quizás, y sólo quizás, fue el poder de la imaginación, o quizás un corazón que podrido por corromper la pureza de una niña, solo dejó de latir.

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