Mi nombre es Guadalupe, actualmente tengo 20 años y soy de Costa Rica.

Cuando tenía 14 conocí a David, un hombre de 28 años que vivía cerca de mi casa. Era  muy guapo y agradable.

Cuando comenzamos a salir tenía prohibido comentar que estábamos juntos porque podíamos tener problemas, dado que era muy mayor. Al principio me trataba muy bien y lo visitaba siempre en su casa. David vivía con su madre y me insistió bastante para que me hiciera amiga de ella y de sus hermanas. Luego de eso, comenzó a controlar mis amistades. Simplemente no podía hablar con amigos. Me decía también que mi celular era únicamente para hablar con él. Logró alejarme de todos mis conocidos y enemistarme con mi familia.

Para cuando llevábamos 6 meses de relación, ya me había exigido que luego del colegio debía ir a su casa y esperar a que llegara de trabajar, hasta las ocho de la noche. Ya no era ni la sombra del galán que conocí. Cada vez que peleábamos era por mi culpa y si lo pillaba siéndome infiel, también lo era dado que yo no le servía como mujer. Me decía que no lo complacía y que, por ende, él tenía derecho de hacer lo que quisiera con otras mujeres.

Un día estaba utilizando su computadora para un trabajo del colegio y guardé una imagen para luego pegarla en el archivo. Cuando fui a buscarla lo que encontré fue impactante: David tenía distintas carpetas con fotos y videos pornográficos de numerosas mujeres en el cuarto de su casa. Lo más perturbador fue encontrarme a mí misma allí. Yo no sabía que él me había grabado con su cámara.

Cuando llegó a la casa lo enfrenté muy enojada. Él me gritó y me dijo que no debí revisar sus archivos personales. Yo me enojé todavía más, le pedí que me dejara ir y le dije que no quería verlo más. Entonces me tomó fuerte del brazo y me dijo “mire Guadalupe, yo la dejo irse pero todo lo que usted vio lo voy a publicar en la web y me encargaré de enviarlo por correo a todos nuestros conocidos para que vean lo zorra que usted es, hasta sus papas lo van a ver”.

Obviamente yo no quería que mis padres se encontraran con eso. Me quedé. Con esa amenaza David logró intimidarme por un buen tiempo.

Me senté callada en la cama, él me acarició y volvió a hablar: “todo lo que hago es por usted Guadalupe, yo trabajo todo el día para irnos a vivir juntos, todas esas mujeres que vio son solo parte de mi pasado”.

De manera inmediata se me insinuó sexualmente, me tocó mis partes más íntimas con sus sucias manos pero le dije que me sentía mal y que no quería hacer nada. Él se enojó y me dijo “vea grandísima prostituta, usted quiere porque yo quiero y además le va a gustar”. Lo que paso luego no es fácil de explicar. Sentí que mis sentimientos, valga la redundancia, no valían nada, que era meramente un objeto sexual. Yo lloraba mientras él me hacía el amor, me tapaba la boca y me decía “así me gusta, que llore pero que entienda”. Cuando por fin terminó de saciar su deseo, me dijo “es tarde, vaya a su casa, pero cuidadito con decir algo”.

Pasó aproximadamente una semana hasta que me llamó para pedirme que fuera a su casa. Recuerdo decirle que no quería pero terminó convenciéndome con palabras bonitas. Apenas llegué me preguntó si había dicho algo de lo que había pasado, a lo que respondí que no. Luego de eso me preguntó si lo quería y yo, naturalmente, dije que sí.

Un rato más tarde me dijo “entienda que lo que pasó fue una pelea normal. Usted tiene que complacer mis deseos porque si no, seguiremos peleando. No se olvide que para eso son las mujeres, para hacerlo feliz a uno”.

Continuamos la relación como si nada hubiese pasado.

Llevábamos meses sin mantener relaciones cuando se cansó y me vi obligada a satisfacerlo. Esto se volvió costumbre. Ya no me preguntaba si tenía ganas de hacer algo, directamente me desvestía y hacia lo que quería.

El momento más horrible que viví junto a él fue cuando me dijo “déjeme ver ese culito”. En mi cabeza imaginaba lo que se venía, por eso me negué, pero de nada sirvió. Lo que hizo me dolió muchísimo. Cuando comencé a sangrar le pedí, entre lagrimas, que por favor me dejase en paz pero no me hizo caso. Siguió hasta donde su antojo se lo permitió.

Después de aquella situación me di cuenta que todo esto que pasaba no era normal y decidí contárselo a prima. Ella supo explicarme lo que era el abuso sexual. Tenía sentido, David siempre me decía que si yo era su mujer entonces no era abuso.

Pasada una semana lo confronté y le dije que la relación se acabó ahí mismo. Él me insistió, lloró y me amenazó con las fotos y videos que tenía en su computadora. Ya cansada le dije “si quiere publíquelos hasta en sitios porno, porque la verdad me importa más mi integridad física”. Al oír esto, me dijo que iba a contratar matones para que me golpearan, pero no me importó.

Al día siguiente fui a la delegación policial pero mi denuncia terminó en nada porque en mi amado país, Costa Rica,  la justicia sufre de pereza. No estaba sorprendida porque no era primera vez que me ignoraban.

Un año más tarde me enteré que David tenía una mujer y dos hijos.

Lamentablemente este no fue mi primer incidente con el sexo masculino. No los contaré detalladamente porque es muy duro para mí.

A mis 12 años fui víctima de abuso sexual por parte de un funcionario de la escuela a la que asistía, y a mis 13 tuve un novio que en una pelea me propinó un puñetazo. Ambas denuncias llegaron al órgano policial, sin embargo, también las desestimaron por falta de pruebas.

Yo sabía que golpear a una mujer era un delito, por ello me di cuenta rápido y denuncie a mi primer novio. Pero, por falta de información, no sabía que lo que me hacía David era abuso sexual, y que este era ilegal.

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