Nunca entendí cuál era el problema de mezclar un corazón roto y una botella de vodka hasta esa noche.

Hacía meses, mi mejor amiga me metió la idea conocer gente a través de Tinder. Acepté y logré un emparejamiento con un chico de mi edad. Era lindo, nadie lo negaría. Hablamos un poco y nos pasamos nuestros números, estaba comenzando a ilusionarme. Después de una semana me invitó a ver películas, pero todos sabemos lo que eso significa en realidad y yo no estaba dispuesta a aceptarlo. Me negué a sus insistencias porque sinceramente, no me daba buena espina, y cuánta razón tenía…

Unos meses más tarde, comencé a hablar con una chica de mi ciudad y al día siguiente nos vimos. Esa noche comenzó algo que luego no quise parar. Me empezó a gustar alguien y eso me asustó. Normalmente lo hace. Me da miedo enamorarme porque temo que me lastimen. Quizás por todo lo que viví en mi casa; quizás por haber sido yo quien acompañaba a mi mamá a buscar a mi papá de la casa de su amante, escuchando sus gritos y reproches, o sus insultos; quizás porque la veía llorar cada noche mientras yo fingía dormir para que no se preocupe por lo que yo pudiese oír.

Pasamos juntas momentos hermosos hasta que un día tuve que hacer un viaje, y en ese ínterin, ella conoció a alguien más. No sé si lo que más dolió fue mi corazón o mi orgullo. No sé mucho en realidad. Ella sólo dejó de hablarme y de responderme. Simplemente desapareció y yo tuve que lidiar sola una separación que nunca sucedió realmente, que nunca entendí, con una despedida que nunca llegó.

Al comienzo la tristeza ocupó gran parte de mi ser. ¿Por qué se había ido sin decir una palabra?, me preguntaba a mí misma. Después llegó la culpa y los ¿qué carajos hice mal? Y finalmente el enojo: esto no se va a quedar así. La peor etapa fue esa, porque ahí es donde todo tu raciocinio desaparece y actúas con bronca.

El alcohol comenzó a acompañarme en todas mis salidas y justo esa noche me hablaron ella y el chico del que conté al principio. Era un viernes frío, lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Ella me habló por Snapchat, preguntándome si iba a salir. Le respondí bajo los efectos del alcohol. Íbamos al mismo lugar. Él también me preguntó lo mismo y me invitó a hacer un after cuando saliéramos. Le dije que más tarde le avisaba y terminamos ahí la conversación.

La noche pasó y la vi en medio de la gente, con una amiga. Me acerqué y la salude. Ella estaba pasmada, como si hubiese visto un fantasma, y probablemente lo hizo. En ese momento recibí un mensaje del chico, preguntándome que iba a hacer después y le dije que iría al after. Normalmente, esa clase de salidas se realizan con grupos grandes, por ello no me asustaba no conocerlo bien, además por chat era amigable y no parecía mala persona.

Con toda la satisfacción del mundo, subí al auto del chico en frente de ella, dándole quizás una cucharada de su propia medicina, según yo. Que grave error. Él me llevó a su departamento, en donde creí que habría muchas personas, pero estaba vacío. El lugar era hermoso, tanto que sinceramente no presté mucha atención al hecho de que nos estábamos dirigiendo a su habitación.

Ya en la cama, prendió la televisión y me preguntó si me gustaban las películas de terror. Le respondí que no, que las detestaba. Ignorando mi comentario, puso una de ese género. No sabía dónde me había metido, pero quería salir. Aprovechando la película, lo observé. Era alto, me quitaba casi 3 cabezas, se notaba que ejercitaba y era bastante musculoso. Su barba no estaba larga y su cabello se extendía formando una especie de cresta azabache. Sin darme cuenta, él había pausado la película y me estaba mirando. El efecto del alcohol seguía en mi sangre y por ello, yo reaccionaba tarde a todo. Habrá pasado un minuto, o quizás un poco más y él se acercó. Yo corrí incómoda la mirada hacia el ventanal y observé el maravilloso amanecer. En eso, siento una mano en mi mejilla y a él enfrentando nuestros rostros. Me besó y no pude negarme, sentía que de alguna forma le debía algo por haber insistido tanto, aunque eso no era así. El beso se volvió cada vez más salvaje y él termino encima mío, con su enorme mano en mi cintura, moviéndola de arriba a abajo y con su otra mano subiendo lentamente por mi espalda. Su roce me ponía la piel de gallina, pero del miedo. Era tan fuerte y dominante que me daba terror pedirle que se detenga, aunque yo quisiese parar. Sus toques se volvieron más agresivos y terminó desprendiendo mi corpiño, y tirándolo lejos. En un descuido suyo me alejé, y abrazando mis rodillas le dije que pare, no quería hacer nada. Sonrió de costado y se acercó de nuevo, diciéndome que no pasaba nada, que era algo que todos hacían de vez en cuando, y volvió a besarme a la fuerza. Lo empujé, pero él se resistió y tomó con una de sus manos mis dos muñecas, acomodándolas sobre mi cabeza mientras continuaba mordiendo mis labios hasta que estos sangrasen. “Te hablé un montón, me debes esto”, dijo. No podía creer donde me había metido. Comencé a retorcerme, intentando escapar de lo que mi mente me decía que sucedería, pero él era mucho más fuerte. Mordí su labio, intentando alejarlo, y me soltó de un golpe.

Miles de imágenes y frases de libros que había leído aparecieron frente a mis ojos cuando vi su tamaño. Estaba aterrada y quería llegar a mi casa. Sus ojos eran casi negros y sus pupilas estaban dilatadas al punto máximo. Yo sólo quería irme. “No quiero hacer esto, soy virgen”, dije (y era verdad). Jamás había estado con nadie y no podía permitir que así fuese mi primera vez. Él se rio y se acercó de nuevo diciendo: “no te vas a ir sin hacerme alguna boludes antes”. Retrocedí y choqué con el respaldo de la cama, momento que aprovechó para volver a tomarme de las muñecas nuevamente. Fue ahí que se bajó el pantalón y comenzó a rosarse por mi vientre y mi ropa interior. No sabía qué hacer, no podía moverme, ni gritar. Iban a destruirme y no podía hacer nada para evitarlo.

Comenzó a tocarme y yo me mordía el labio intentando aguantar las lágrimas. No sentía nada más que asco y dolor. Me hizo arrodillarme y me dijo que le haga un oral, no podía decir nada, ni negarme. Tenía miedo. Me tomó del cabello y me obligó a hacerlo, mi garganta ardía y mi mandíbula dolía. No podía seguir. Sentía sus ojos negros mirarme fijo mientras se me escapaba una que otra lagrima. Cuando al fin se corrió, me obligo a tragar su semen.

“Me quiero ir”, fue lo único que pude decirle. Y gracias a Dios recibió una llamada. Fui salvada por la campana, literalmente. Me puse el corpiño, y aun medio desacomodada, le dije que me abra la puerta. No tuvo otra alternativa, o quizás sí, pero no tenía la valentía para probarla.

Él me siguió hablando, pero yo lo ignoré y bloqueé. De vez en cuando cruza con el auto en frente de mi hogar y tengo miedo, porque él sigue como si nada, pero yo no. Perdí todo en esa habitación. Cosas que probablemente nunca recuperaré. Perdí mi confianza, mi vida entera. Perdí mi libertad, me perdí.

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