Estábamos acostados en la cama matrimonial. Al lado se veía la cuna de mi niño de dos años.

Me pidió que bajara a buscarle un vaso de agua, me negué y la discusión comenzó. Poco a poco iba subiendo de tono hasta que terminamos gritando. Me decía que era una floja, que nunca hacía nada. El niño despertó llorando.

No le encontraba sentido. Salía a trabajar a las siete y media de la mañana, llevaba a mis hijos a la guardería, regresaba por ellos a las cuatro de la tarde y volvía a trabajar hasta que, por fin, a las ocho de la noche podía volver a casa. Era muy injusto, yo hacia todo. Siempre pensaba: “¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué no merezco que reconozcan mi esfuerzo?”. Me tomó del cuello y amenazó con matarme. “Me tenés harto”, me dijo.

Los gritos de mi hijo eran desgarradores. Quería defenderme pero biológicamente tengo menos fuerza que él.

Cachetadas, insultos y empujones. Tras cada golpe intentaba reincorporarme, para no perder ventaja. De pronto caímos sobre la cuna. Asumí que la pelea había terminado, pero sus frías manos apretándome el cuello desmentían mi teoría. Me quería muerta. Sus ojos enceguecidos de odio me miraban con una intensidad que nunca había experimentado.

Lo único que lo detuvo fue mi niño de dos años, quien instintivamente saltó sobre él para defenderme. La racionalidad se apoderó de la situación y dejó de forcejear.

Entendí lo mal que les estábamos haciendo a él y reaccioné. Dije nunca más y comencé un viaje en un artefacto del cual mis hijos son el motor.

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