Siempre pensé que él era el hombre de mi vida y que al fin tendría quien me brinde ese amor que tanto necesitaba, pero me equivoqué tanto que duele cada vez que lo recuerdo. El dolor se siente igual, no cambia ni se transforma.

Lo conocí cuando tenía 22 años, pintaba ser el compañero perfecto, cómplice y amoroso. Lo tenía todo, hasta que me casé, pues el cambio llegó después de dar el “sí”.

Comenzó a llamarme cada 10 minutos para controlar lo que hacía aunque, según él, quería saber cómo estaba. Si alguien me escribía o me llamaba tenía que estar enterado y si no se enojaba muchísimo. Su objetivo era hacerme saber que yo siempre tenía la culpa de todo lo que pasaba, y lo logró.

De repente ya no tenía celular, ni privacidad. No me dejaba usar la computadora y se encargaba de revisar todos mis correos electrónicos. Pensar en juntarme con mis amigas se volvió una locura porque, como decía él, “son todas unas putas y nos impedían ser felices”. Tampoco podía seguir yendo a la universidad, porque allí había hombres y podían acercarse a mí.

Un día salí de la casa sin su permiso, inconscientemente me vendí a su locura. Cuando llegué estaba esperándome en su escritorio, fumando un cigarrillo. Parecía tranquilo, hasta que subió la mirada, esa mirada de desaprobación que aún hoy me aterra. “¿Por qué saliste sin decirme nada”?, preguntó. Le respondí que siempre salía y que no lo veía como algo malo. Sin dejarme decir más, tomó una navaja y se cortó la muñeca frente a mí. La sangre corría como en una película gore japonesa “Esto es tu culpa, voy a matarme porque ya no me haces caso”, dijo ya un poco debilitado y en el suelo. Mientras él lloraba y se desangraba yo corrí en busca de algo para curar sus heridas. Cuando pude ayudarlo me dijo que me perdonaba y que lo dejaría pasar dado que me amaba. Esa misma noche me obligo a tener relaciones porque “se lo merecía”. Yo miraba la pared en silencio mientras él hacia lo suyo, era lo único que podía hacer.

Así pasaban los días y esa espeluznante escena se repetía cada vez que él consideraba que yo hacía algo mal. Gritos, sangre y sexo. Decía que su ideología nacional socialista le instaba a formar una familia y protegerla, por eso no me dejaba hacer nada sin su consentimiento. Yo creía que en el fondo me amaba, que todo lo que hacía era por eso y que realmente yo estaba haciendo las cosas mal.

Su locura llegó hasta tal punto que le pidió a sus “camaradas”, así los llamaba él, que le enviaran una pistola para hacer desaparecer toda persona que me molestara. Así viviríamos felices y en paz.

Todavía no puedo recordar cuentas veces me violó, o cuantas veces se cortó las muñecas para retenerme. Mi cama estaba bañada en sangre, al igual que mi conciencia. Creo que lo que no me hacía reaccionar era que no me golpeaba, mi castigo era ver como él se lastimaba, seduciendo así a la muerte misma, y al terror.

Nadie nunca me escuchó llorar, estaba sola en mi torre con ese príncipe que, a su vez, también era el dragón.

Cuando lo denuncié nadie me creyó, él era intachable y según todos se notaba a metros de distancia el amor que tenía por mí. Tampoco me dieron el divorcio porque decidieron que era mejor hacer una mediación para que nuestra relación mejorara. “Él tiene problemas, deberías entenderlo”, dijo la fiscal del juzgado de familia.

El estado me dejó desamparada a tal punto que vivo huyendo de él para que no me encuentre. Casi nadie sabe dónde vivo y sólo estoy rodeada de los pocos amigos que me creyeron y ayudaron a esconderme.

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