Yo tenía 14 años, y mi mejor amiga había empezado a salir con un chico mayor. Una noche decidió presentarme a un amigo de su novio, Pablo. Yo estaba nerviosa, porque él era mucho más grande (unos 22 años quizás) y yo nunca había salido con nadie.

Salí muy poco tiempo con él. Era muy celoso y me acosaba bastante. No teníamos nada en común y yo era una nena, no tenía idea qué quería, pero no me gustaba cómo me trataba y una noche se lo dije. Muy inocentemente le dije que podíamos seguir siendo amigos y pasar el tiempo juntos cuando mi amiga y su novio nos invitaran. Me dijo que quería hablar conmigo afuera. Acepté y salimos a la vereda.

Eran como las cuatro de la mañana y no había nadie afuera. Me agarró de la nuca y me arrastró al centro de la calle. Ahí me dijo “No me gusta que te hagas la boluda conmigo pendeja, sé dónde vivís y te voy a quemar la casa, ¿me oíste?”. Asentí de puro miedo y entramos. Al rato le dije a mi amiga que me dolía la panza y que me quería ir a su casa. Ella vivía a dos cuadras de la casa de Pablo. Nos fuimos.

Nunca le conté esto a ella. Decidí que no me importaba el miedo, que no le iba a hablar nunca más.

A los pocos días de ignorarlo, mi mamá se despertó una noche porque sentía olor a quemado. Alguien había prendido el pasto del jardín de entrada de mi casa. Yo sabía que había sido él. No dije nada por miedo. Mi mamá ni siquiera sabía que salía con alguien.

Al tiempo nos mudamos y nunca más supe de él. Nunca más volví a la casa de mi amiga porque para ir, tenía que pasar por la casa de Pablo.

A los 14 años aprendí que nunca me iba a dejar maltratar por nadie.

A los 22 tuve que aprender que el maltrato también puede ser psicológico.

Después de muchos años de estar sola, empecé a salir con alguien. Ignacio. Era dulce, divertido y bueno. Se hizo amigo de mis amigos. Cuando me presentó a sus amigos, uno de ellos dijo, frente a mí “boludo, ¿qué le viste?”. Me dolió mucho, no había necesidad, pero lo que más me dolió fue su respuesta: “ni idea”. Contestó eso mientras se reía. Otra vez alegué sentirme mal y me fui.

La relación duró tres años más, con comentarios del tipo “vos tendrías que agradecer que te di bola”, “estás gorda, te pusiste fea”, “me da vergüenza que me vean con vos”, “mi mamá dice que doy para mucho más que vos”.

Lo dejé un día por chat, porque no quiso que nos viéramos y yo estaba decidida a dejarlo. Mi cabeza me decía “es ahora o nunca” y le hice caso.

Nunca me pidió que volviéramos pero un día pasó por mi casa a buscar sus cosas. Esa tarea la coordinó con mi hermana porque no quiso verme. Me dejó una carta en la que decía que me perdonaba por todo el mal que le había hecho, que no me guardaba rencor. Se las arregló para convencer a mis amigos de que yo era una mala mina y me quedé sola.

Después de pasar una época de crisis y depresión, decidí empezar de cero. Me mudé, empecé otra carrera, hice nuevos amigos, cambié de trabajo y de número de teléfono. No volví a saber de ninguno de estos dos hombres que me marcaron la vida.

Sigo necesitando terapia culpa de mi inexistente autoestima, pero estoy aprendiendo a salir adelante.

Ahora, recién a mis 25 años, estoy aprendiendo a ser feliz.

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