Hace un tiempo quise sentarme a charlar con mi padre para cuestionarle el porqué de todo lo que nos hizo, su justificación para aquellos esos años de dolor y violencia, sobre todo hacia mi madre. Lo único que supo decir es que seguramente yo me estaba confundiendo con alguna película, que nada fue así o que yo lo interpreté todo mal. Aunque haya tratado de convencerme, mis recuerdos son bastante firmes:

Tengo gravado en mi mente aquel mediodía cuando llegó a casa y notó que yo no iba a ir al colegio porque estaba con fiebre. Sólo por ese mísero motivo empezó a correr a mi mamá alrededor de la mesa, amenazándola con tirarle un plato por la cabeza. Lo que efectivamente hizo, mientras yo lloraba asustada en un rincón. Ella también lloraba e intentaba calmarlo disculpándose una y otra vez: “Perdón Oscar, tenés toda la razón”.

Mi mamá me contó que algunas mañana se despertaba y allí estaba mi papá, apuntándole con un revólver y riéndose.

Un día entré a su cuarto para buscar algo y encontré en su cajón una foto de mi familia materna rota en varios pedazos. Mi inocencia de niña me impulsó a reconstruir la foto y pegarla con cinta adhesiva, pero, sin darme cuenta, la dejé perfectamente reconstruida en su mesa de luz.

Mi papá siempre se recluía en la habitación hasta la hora de cenar, así que fui a llamarlo porque la comida estaba lista. Cuando entré al cuarto sólo pude divisar aquella foto en su mesa de luz, con un revólver al lado. Esa misma noche, con mis hermanas y mi mamá, juntamos todo lo que pudimos en bolsas y nos fuimos silenciosamente a un hotel. No podíamos permitirnos más vivir de esa forma.

 

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