Empezamos a salir a los 16 años. Era el primer chico que decía estar interesado en una relación verdadera, que no quería usarme y que siempre me trataría bien. Me tenía en un pedestal y estuvo meses “atrás mío” hasta que pensé en darle una oportunidad.

Creo que ese fue el peor error que cometí en la vida.

Por un mes estuvo todo bien, normal. Una semana antes de cumplir dos meses, me llamó a mi casa gritando y enloquecido. Había entrado a mi Facebook, y había leído una conversación de hacía ya seis meses en la que hablaba con el chico con el que, empujada por amigas, había perdido la virginidad. Mi novio ya sabía que yo no era virgen cuando empezamos a salir, pero leer la conversación le molestó aún más que eso. Estuvo dos horas gritándome por teléfono: “Putita, trola, inútil, chupa pijas”. Me decía que si cortaba, era el final de nuestra relación. No corté el teléfono porque pensaba que me amaba, por eso me banqué las dos horas de insultos hasta que se calmó, me dijo que me amaba y cortó.

De a poco, insultarme se volvió rutina. Cada vez que iba al colegio me decía: “Chau putita, no te cojas a nadie”. Me seguía hasta la entrada, me iba a buscar para asegurarse de que no estuviera con ningún chico y caía de sorpresa en los recreos. A pesar de que iba a otra escuela, entraba sin que preceptores se dieran cuenta, inventaba excusas, y me esperaba fuera del aula.

Una vez me senté con un chico. Mi novio me estaba esperando afuera del aula, y cuando salí me empezó a insultar diciendo que le estaba siendo infiel, que era una puta “traga leche” y que seguramente me estaba cogiendo a todos. Me empujó y se fue enojado. Recuerdo que una preceptora se preocupó por mí e intentó preguntarme acerca de la relación.

Fueron varios meses más así. Solía decirme que era inútil y que él era el único que me podía querer. También me decía que yo no servía y que lo único que querría cualquier chico conmigo era coger y dejarme tirada. Hizo que borrara todas mis cuentas de redes sociales y dejara de hablar con mis amigas. Me decía cómo vestirme, maquillarme, peinarme y teñirme el pelo.

A los 4 meses de relación quedé embarazada. Al mes, se enteró que un hombre diez años mayor que yo me había intentado forzar a tener sexo anal antes de empezar a salir con él. Para mi novio, no fue un intento de abuso, para él yo era una puta y me lo había buscado. ¿Cómo se enteró? Su hermana, ex-amiga mía, le había contado. Me preguntó su nombre, si la tenía más grande que él, si me había acabado adentro del culo. Me pidió que le contara cada detalle y me llamó toda la noche, me decía: “puta culo roto” y cortaba. Apagué el celular y fui a dormir, llorando, a la cama de mi mamá.

Ella estaba muy enojada por el embarazo, y por la manera en que él me trataba, pero mi novio decía que eso eran celos porque iba a perder a su hija, porque estábamos por formar una familia y yo me iba a ir. Éramos como Romeo y Julieta.

Tomé la decisión de mudarme. Ahora que lo pienso mejor, fue un grave error. Vivíamos en el ático que era su pieza y dormíamos en una cama de una plaza. O dormía él, porque cuando se enojaba, me hacía dormir en el piso.

Un día vino de visita su tío José. Ese señor resultó tener el mismo nombre del hombre que había intentado violarme, por lo tanto, mi novio se volvió loco. Apenas se fueron todos, me llevó hasta el ático y me empezó a hacer preguntas sobre José. Otra vez lo mismo. Mientras me insultaba, me pedía que le dijera cada detalle, para después decirme que eso obviamente era mentira (porque él lo creía así) y que yo había accedido a tener sexo anal, por trola y puta. Al final de todo, me agarró del pelo, me pegó una cachetada, puso mi cara contra el colchón y se sentó sobre mi espalda, diciendo una y otra vez lo puta que era. Yo no podía respirar. Pensaba que iba a morirme. Cuando pasó todo, me abrazó y se disculpó: “Por favor, perdoname, sos todo lo que tengo. Vamos a ser una familia hermosa. No puedo esperar a que llegue nuestro bebé.”

Esa escena se volvió algo semanal. Se enojaba por José, o por el otro chico con el que había tenido sexo y me aplastaba la cara contra el colchón hasta que dejaba de moverme. Me pegaba piñas, pero nunca en la cara. Las escondía bien, siempre en las caderas o en las costillas donde nadie veía. En las costillas dolían mucho, y me dejaban sin aire. Mi piel nunca fue de hacerse moretones de todas formas, así que nunca tenía pruebas de nada, y si las tenía me amenazaba con matarme o con matar a mi familia.

Lo que era semanal se volvió diario. Nos mudamos a una pieza más grande. Su madre podía escuchar mis gritos desde la cocina, pero nunca hacía nada.

Yo tenía una panza grandota. Para no hacerle daño al bebé, me tiraba el piso, me daba vuelta y me pateaba la espalda. Me pateaba contra la cuna de nuestro futuro hijo o simplemente me pateaba las piernas, me daba piñas en los brazos o me retorcía la piel. A veces me agarraba del pelo y ponía mi cara contra el colchón mientras me pegaba. Ponía su brazo alrededor de mi cuello y me levantaba del suelo, sin dejarme respirar. Me insultaba, denigraba, usaba. Y después de todo esto, me compraba algo rico, lloraba pidiéndome perdón y tenía ataques de pánico frente a mí porque no quería que me fuera.

Un mes antes de mi fecha de parto, se enojó. Ya no recuerdo por qué. Me dolían las piernas y quise sentarme, pero me dijo que no estaba permitido. Empezó a insultarme, mientras su familia estaba en la cocina, nos podían ver y escuchar. Se sentó en la computadora a jugar mientras me decía que no podía sentarme. Luego de eso, me dijo que me pusiera de rodillas con las manos para atrás. Era difícil mantener el equilibrio así, mi panza era muy grande. Cada vez que me caía para adelante, me insultaba más. Hasta que me levanté y le grité a su familia que me ayudara. La respuesta de su mamá fue: “Es tu culpa, por hacerlo enojar. Es tu culpa porque nunca dijiste nada. Nosotros no sabíamos que estas cosas pasaban en nuestra casa, ahora ya es muy tarde”.

Rompí bolsa esa noche y mi bebé nació un mes prematuro por cesárea al otro día. Pero estaba bien. Por las semanas que siguieron después del parto la violencia física paró. La verbal y psicológica, no.

Al mes, mientras le cambiaba los pañales a mi hija, se enojó porque no tenía la pieza en condiciones. Era difícil barrer con la herida. Era difícil moverme. Así que me empezó a insultar y después me pegó una piña muy fuerte en la cabeza. Me caí, mareada, sobre la cama. Él se preocupó, pero a pesar de mi insistencia, no me dejó ir al hospital.

Allí se reanudó la violencia física. Siempre veía de hacerlo cuando no tenía a la beba en brazos, por suerte. Si estaba en la cuna o con alguna tía, me pegaba. Pero cuando yo la tenía encima, no. No quería lastimarla.

Un día, salimos a comprar algo los dos solos. Al volver, estaba uno de sus primos en la casa. Me saludó, así que lo miré y le dije: “Hola”. Al parecer ese fue un grave error ya que, en represalia, mi novio se sacó el cinturón, me empezó a pegar con la hebilla metálica y me tiró al piso mientras me azotaba y me pateaba. Puso su brazo alrededor de mi cuello y me trató de ahorcar así. Después siguió pateándome y pegándome con esa maldita hebilla, en piernas, brazos, caderas, panza y costillas. Me decía que “le había hecho ojos de puta” al primo. Amenazó con matarme si lloraba o gritaba. Realmente pensé que ese día iba a morir.

Pero aún no fue la gota que rebalsó el vaso. Eso fue recién unas semanas más tarde, cuando yo estaba muy enferma y le pedí que se quedara un rato conmigo. Le insistí varias veces, que dejara de jugar o ver tele y viniera a acostarse a mi lado. Tenía muchísima fiebre. Él me empezó a gritar y por alguna razón también vino toda su familia. Al unísono me dijeron que  estaban cansados de mí porque siempre gritaba, también dijeron que me iban a cagar a piñas y me iban a matar. Agarré el celular y llamé a mi mamá, pero me lo sacaron de las manos y  le dijeron que estaba todo bien. Ella sabía cómo era nuestra relación así que vino a la casa para ver qué pasaba. Para el momento que llegó mi mamá, ya se habían tranquilizado todos, estaban fumando tranquilos en la cocina. Le dijeron que yo estaba loca e inventaron cosas. Mi mamá habló conmigo y le hice un resumen de lo que había pasado, agarré unas pocas cosas mías, a mi bebé, y llevé todo al auto. Cuando volví para buscar mi celular y ropa del bebé, vino mi novio… pensé que iba a pedirme perdón, pero sólo me quemó con su cigarrillo mientras me decía “chau, putita”.

Lo denuncié. Era menor, así que no pasó nada. Por miedo a represalias, nos fuimos un mes con mi familia a otra provincia donde viven mis abuelos. Y fue por buena razón… mi novio saltó el portón de la casa de mi mamá e intentó tirar la puerta junto con su familia. La policía tampoco hizo nada, porque una vecina les dijo que era mi novio.

Después de eso empezó a hacer terapia, así que volví con él. Pero nunca volví a su casa, ni él a la mía. Me quedé viviendo con mi mamá. Él nunca más me pegó (excepto un par de empujones y cachetadas). Yo me sentía orgullosa de él cuando pasaba una semana y sólo me había insultado un par de veces. Hasta me dejó tener un Facebook y hablar con amigas, pero lo revisaba cada vez que podía.

Mi familia lo odiaba a él y a toda su familia. No querían que lo viera pero tampoco podían hacer nada para que dejara de verlo más que estar ahí para mí y bancarme en los momentos feos. Yo ya era una adulta, tenía 18, y podía hacer lo que quisiera en mi vida. Así fue por un año y medio más. Insultos cada un par de días, pero al menos no pasaba tan seguido.

Recién casi a los 3 años de relación, cuando empecé la facultad, me di cuenta lo mal que estaba todo. Me hice un par de amigos, y empecé a salir a pasear más. Mi novio intentaba controlarme, pero cada vez que lo hacía, me separaba más. Decía todas las semanas que me iba a dejar y yo me iba a quedar sola, porque nadie me iba a querer nunca, porque era madre soltera y una puta.

Un día entró a la casa de mi mamá, saltando el portón, otra vez. Yo ese día no tenía clases. Eran las 7:30 y mi mamá recién acababa de irse a trabajar y a llevar a mi hermanita y a mi hija al colegio y al jardín, respectivamente. Yo quería dormir, así que le dije a mi novio que se quedara conmigo acostado. Pero él quería ir a comprar facturas, entonces me empezó a insultar. Fue lo más estúpido que me había pasado en la vida, y ahí algo hizo click. Él me dijo que me dejaba, no quería verme nunca más. Así que lo llevé afuera y le cerré la puerta en la cara. Cerré la casa con llave y él se fue.

Al otro día estaba como loco queriendo volver conmigo, pero ya no había vuelta atrás. Pasaba de insultarme a decirme que era lo mejor que le había pasado en la vida. Pero después de ese día, 1ro de Junio de 2014, nunca más volví. Él siguió con su terapia, pero nunca me pidió perdón.

Hice amigos en la facultad y empecé a salir con gente. También comencé a salir a bailar con mis amigas, a pasear con mi beba y a disfrutar de ella. Él se la llevaba los fines de semana y no pasaba ni un sólo peso, pero mi familia me ayudaba mientras yo estudiaba y hacía “changas”.

Al tiempo me fui a vivir sola con mi beba. Recuperé la felicidad que había perdido por casi 3 años. Podía vestirme como quisiera, podía peinarme, maquillarme, teñirme el pelo y muchas cosas más. Por primera vez en la vida tenía autoestima y era feliz.

Ahora estoy viviendo con mi nueva pareja, él sí me acepta tal y como soy. Nunca me insulta ni me pega, ni pensaría hacerlo. Ama a mi hija como si fuera suya. Nos apoyamos mutuamente y nos amamos sanamente. Cualquier problema que tengamos lo resolvemos tranquilos entre los dos. No peleamos ni discutimos a los gritos. No me juzga por acciones pasadas. Es como siempre debió ser.

Mi hija está creciendo muy bien. Yo tengo la tenencia completa de ella. Está rodeada de gente que la ama y se aman entre ellos, y no gente que insulta y pega. Sabe que esas dos cosas están muy mal. Es hermosa, es inteligente y es dulce.

Yo sigo teniendo ataques de pánico y flashbacks, pero mi novio actual me ayuda muchísimo a atravesarlos. Sigo estudiando y aunque todavía tengo problemas con la ansiedad y depresión, estoy mucho mejor que en aquel entonces. De a poco voy olvidando, para poder ser libre y completamente feliz.

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