Nunca terminé de entender la gravedad de todo esto. Aún hoy en día pienso que quizás exagero y que la violencia de verdad es la de las películas, o la de la tele. Violencia es la que sufre aquella mujer a la que matan a trompadas y violan sobre el suelo de la cocina.

Tres años de terapia más tarde, aprendí que el amor es tóxico. Que existe, persiste, y subsiste, a pesar de volverse ponzoñoso.

Mis papás se aman. Hace casi treinta años que están juntos, y por cómo van las cosas, les queda para rato. Es más, mientras escribo esto, están paseando por Europa en un crucero con amigos. El tema es que, cada vez que veo las fotos que suben a Facebook, me pregunto: ¿Esto es realmente amor o es otra cosa?

La primera vez fue en un viaje a Mar del Plata, parábamos en un hotel muy lujoso. Con mi hermana melliza dormíamos en una habitación que estaba conectada con la de nuestros padres por una puerta que siempre dejaban abierta. Teníamos más o menos 7 años, así que tengo más imágenes que recuerdos, pero me acuerdo de aquel color azul, la tele sin volumen y un grito: “Pará que las chicas están durmiendo”. Papá tenía a mamá contra la pared, le susurraba cosas al oído y se lo notaba muy enojado. ¿La sostenía del cuello o de las manos? Probablemente nunca lo sepa.

La segunda vez llegué tarde. Ambos tenían un bautismo y mamá decidió a último momento cambiarse, eligió un vestido más cubierto. Cuando volvieron me quedé con ella y vi que aquel vestido cubierto tenía un por qué: su hombro estaba lleno de moretones, los cuales el primer vestido no alcanzaba a tapar.

La tercera todavía se actualiza una y otra vez. Vivimos en un departamento muy chiquito con poca decoración, por ello es que resalta tanto un cuadro que hay en la cocina. Es el único comprado afuera, Brasil puntualmente. Tiene barcos en el mar y algún pueblito colorido, pero esta bañado en vino de cuando papá le tiro un vaso en la cabeza a mamá, diciéndole quien sabe qué y manchando todo a su alrededor. Es gracioso pensar que ese cuadro sigue ahí como si fuese una especie de trofeo, todos sabemos lo que paso con él pero, por algún motivo, decidimos callar.

La última situación fue el año pasado. Mi hermana y yo nos habíamos metido en problemas en el colegio, lo que produjo una gran discusión familiar. Mi papá escupió a mamá en la cara, recriminándole lo retrasada mental que era. Yo me fui al cuarto porque no podía tolerar la situación, y al minuto entró mi hermana gritando: “Papá tiene a mamá en la cama, está sobre ella, gritándole. Tengo miedo de lo que pueda llegar a hacer.”

Recién me fijé en Facebook, justo ahora están en Mykonos pasándola bomba. O no.

Me costó años descifrar ese odio que le tenía a mi mamá hasta que entendí, por fin, que me molestaba su sumisión. ¿Por qué no te vas? ¿Por qué no lo denuncias? ¿Por qué, según vos, lo seguís amando?

Creo que hubiese sido más fácil si a mi vieja la hubiesen dejado cuadripléjica, habríamos escapado más rápido . Hasta el día de hoy me confunde su actitud.

Todo esto me enseñó que la violencia no es solo sangre y pelos arrancados como en la televisión. Este tipo de violencia es aún más imprevisible y más dañina porque implica acostarse todos los días con el perro que te acaba de morder. A veces me mata la incertidumbre de pensar que pasará la próxima vez, si le abrirá los ojos o si se los cerrará aún más.

Yo por las dudas duermo con un palo de golf escondido en la placard, estoy cansada y tengo miedo. No quiero esto para mí.

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