Yo era el menor de cinco hermanos, debían ser los 80’, era muy chico. Siempre me llevé mal con mis viejos y en casa nunca había felicidad, de eso sí me acuerdo, no teníamos plata y siempre de una manera u otra sentía que me sofocaba. Me cuesta escribir esto.

Tengo pocos recuerdos, no tengo ni idea de cómo empezó ni cuando, pero sí me acuerdo de estar sentado en la mesa de la cocina y de él apoyándose contra mí, mientras yo miraba su auto estacionado en la vereda. Otro recuerdo que me viene a la mente es estar acostado en la cama, y mi papá llevándome las manos hacia sus genitales mientras decía: “Tocá hijo, dale. Apretá”.

Es raro pensar en cómo eran las cosas, mi papá nunca fue como otros; con cuatro hermanos, veinte años de casado y una vida de mierda era tan serio y malhumorado que eso se sentía como el único afecto que iba a recibir en toda mi vida. Yo siempre fui un nene callado, no solía pelear con nadie y entre mis hermanos nos llevábamos demasiados años como para poder establecer una relación verdadera. Me acuerdo que me ponía tan mal que aprendí a irme, a desconectarme, a pasar por toda la mecánica sin estar ahí de verdad. Me pasó después en la vida, varias otras veces y con otras parejas.

Mi papá nunca me violó, aunque trató de hacerlo cuando tenía once o doce. En esa ocasión, me fue a buscar a casa de un amigo y trató de agarrarme en el auto. Yo ya entendía, hacía un tiempo que no pasaba nada y me puse a gritar. Me tuvo que dejar ir. Nunca más trató de hacerme nada, supongo que entendió que había crecido y ya no era lo mismo, que entendía lo que me estaba haciendo.

Nunca le conté a nadie de mi familia.

Crecer cargando con eso fue difícil, de todos los hermanos, obviamente, yo era el que peor relación tenía con él y también, por ser el más chico, me tomó un tiempo llegar a irme. De hecho, para los dieciocho, era el único de los cinco que seguía viviendo ahí. Me fui en algún momento, cursé la facultad, me puse de novio, corté, fui de acá para allá. Siempre perdido.

La primera vez que conté lo que me pasó fue a los veintidós, con una pareja pasada. No sé bien cómo me atreví a decirle, supongo que me sentía comprendido porque pasó por cosas similares, su papá era violento. Se sintió como un peso saliéndose de encima y me sentí mucho más liviano. La relación terminó, pero seguimos siendo amigos, su hijo me llama tío y sé que cuento con ella para todo. Tardé un par más de relaciones en contarlo de nuevo, en atreverme. Había problemas, desde mi falta de tacto hasta las excusas que metía para no llevarlas a conocer a mi familia. Que están locos, que me llevo mal, que esto, que aquello.

Nunca se daba el momento, me asustaba la idea de tener hijos y miraba a mis sobrinos con temor de que les hiciera algo. No sabía qué hacer. Supongo que les pasa a todos, ver nenes me ponía mal, pensaba en todo lo que me había pasado.

Cuando nació mi hija, Ana, hace seis años, pasé por muchísimo. Es loco como todo te vuelve, me llegaban flashes de lo que me había pasado. Mi mujer trataba de entenderme y le agradezco con todo el corazón que lo siga haciendo (es más, fue la que me mostró este lugar). Durante los primeros años no fui muy afectivo, tenía miedo de seguir el círculo, de hacerle algo a mi bebé, de que le pasara algo a ella, me daba pánico cambiar pañales y abrazarla. No podía.

Con mi papá la relación duró hasta que nació mi hija. Es rarísimo cómo funciona la mente, yo me culpaba por no haber sabido, por no haber entendido, por no haber hablado, por haberme comido veinte años viviendo con él, pero la culpa no era mía. Esperaba un cambio, que supiera, que me pidiera perdón. Nunca llegó. Capaz pensó que me olvidé.

Como dije, cuando nació mi hija puse un alto. Hay cosas que no se pueden repetir, ciclos que no quiero que se vivan de nuevo, y si podía poner más a salvo a mi hija, mejor. Además, no se lo merecía. No se merecía ver a su nieta crecer, no se la merece, ni se merece la felicidad, ni los cumpleaños, ni que le haga dibujos.

Todavía cuesta, muchísimo, pero es distinto. Tener una familia lo hace más llevadero, si bien no es la razón por la que la formé, saber que tenés a alguien a tu lado para entenderte y escucharte es lo mejor que puede pasarte, y lo agradezco.

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