Mi pareja, policía federal retirado, intentó asfixiárme contra la pared delante de mi hijo de cinco meses un 24 de diciembre de 2012. Logré escapar y pedir auxilio a un inquilino, que me cerró la puerta en la cara cuando mi ex pareja llegó tranquilo y le dijo que yo estaba loca y no había tomado la pastilla. Volví a correr, ésta vez a la calle, unas dos cuadras hasta un comercio donde pedí unas monedas y llamé al 911 desde un público. Llegó un patrullero, pero al conocerlo se retiró del lugar. Unos remiseros salieron en mi ayuda y lograron que, en la vía pública, me reintegrara a mi bebé. Vivía muy lejos de mi familia y la familia del padre de mi nene, también policía, había tapado las denuncias de maltrato hasta ese momento. Incluso debí renunciar a mi trabajo a riesgo que ellos tramitaran la tenencia de mi hijo como habían querido hacer desde su nacimiento haciéndome pasar por loca.

En febrero, y al ver que mi hijo extrañaba tanto a su padre, decidí volver sin antes poner las reglas sobre la mesa. No hubo agresiones físicas, pero pronto aparecieron las psicológicas: “puta de mierda”, “hija de puta”, “sin mí no sos nada”. También comenzaron los encierros, ya que no podía mirar a un hombre a la cara porque lo estaba provocando.

Poco después del año de mi hijo, logré una comunicación telefónica con mi familia mientras iba al trabajo, que por cierto estaba cronometrado (“tenés 10 minutos para salir del trabajo y llegar al subte”, “tenés media hora para llegar al tren y tomarlo y no me vayas a inventar que no funcionan porque mis compañeros trabajan ahí y me van a decir si lo tomas o no”). Mi hermana se comunicó con la 1* de Hurlingham para pedir un patrullero para esa noche. Gran error. Comunicaron al jefe de calle, cuñado mío, y por ende a mi ex pareja. Esa noche llegué a casa y al abrir la puerta estaba todo oscuro y no escuchaba a mi hijo. Empecé a llamar desde la puerta y me gritó: “vení, estamos en la pieza”. Entré hasta el marco de la puerta y vi la persiana del balcón abierta, él estaba parado con el gordo a upa en medio de la sala. Ahí me di cuenta que estaba al tanto de todo. Su Nextel sonó, atendió con un “qsl”. Me dio al gordo y me dijo “voy al mercado”. Rápidamente junté algo de ropa, pañales y los documentos de mi hijo. Debajo estaba mi hermana y su marido.

Mi hijo hasta los dos años y medio no volvió a hablar y recién a los tres años se bajó de mis brazos. Yo sufrí dislexia, que cada tanto aparece si estoy nerviosa, hasta hace poco no hablaba con hombres, ni hablar de hacer contacto visual.

Pero por sobre todo, hasta el día de hoy, en esa comisaría siguen ocultando los oficios para que mi ex pareja se presente al juzgado. He recibido llamados de mi hijo llorando y su padre diciendo “esto es lo que vos provocaste, esto te pasa por dejarme”. Para la justicia eso no es prueba de nada y yo estoy obligada a entregar a mi hijo si el padre lo viene a buscar.

Necesitamos justicia, necesitamos que nos cuiden, nos protejan. Necesitamos cambios en la justicia, en la salud, en la educación, leyes que nos protejan en el trabajo porque durante éstos tres años no pude faltar jamás a riesgo de perder el empleo o tener que devolver las horas perdidas en Tribunales. Necesitamos un cambio completo y absoluto.

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