Mi primer abuso fue a los 8 años por parte de un familiar cercano. Al principio estoy segura de no saber lo que estábamos haciendo, pero luego me di cuenta y seguí permitiendo que pasara. Creo que muy en el fondo me gustaba aquella sensación sentir que algo estaba mal.

Cuando cumplí 13 años di mi primer beso “legal”, y aun así, fue lo peor que me pasó y el comienzo de mi espiral de destrucción. Yo era la típica gordita tonta y él un chico lindo ¿Cómo decirle que no si quería besarme? El problema fue que no sólo me besó sino que comenzó a tocarme, al principio me dejé pero luego comencé a sentirme incómoda y le pedí que parase. En ese mismo instante, entraron 5 de sus amigos y entre todos continuaron manoseándome. Como pude intenté escaparme, pero no lo logré. A raíz de esto se contaron historias horribles sobre mí y sobre lo que había pasado ese día, las cuales eran mentira en su mayoría.

El tercer abuso fue cuando tenía ya 23 años. Era sábado y había salido a bailar como todos los fines de semana. De acuerdo a mi rutina, debía volver temprano para ir a trabajar el domingo. Recuerdo que había cambiado de parada porque días antes un hombre comenzó a tocarse enfrente mío mientras esperaba el colectivo. Entonces allí estaba, esperando sola en otra parada, vestida con joggins y zapatillas porque hacía bastante frío. De repente, un Fiat 147 paró frente a mí. El hombre me preguntó qué hacía sola en ese lugar, se ofreció a llevarme y me dijo que recién salía de una bailanta y que ese no era lugar para una chica como yo. “Está todo bien, no tengo problema en esperar”, dije. Pero él insistió y como el colectivo estaba tardando demasiado, accedí. Al pasar un par de cuadras noté que sus manos se movían más de lo normal, así que miré disimuladamente y vi que se estaba tocando. Cuando lo notó, trabó mi puerta y se metió en una calla bastante oscura dado que todavía era de madrugada. Yo moría de miedo, no sabía dónde estaba ni quién era ese hombre. Quedé paralizada cuando él me tomó de la nuca y me obligó a practicarle sexo oral. El descarado me levantaba la cara y me acariciaba, mientras decía que le excitaba mi cara de miedo. Cuando terminó, me obligó a bajar y me fui corriendo. Subí al colectivo llorando, toda despeinada y con el maquillaje un tanto corrido.

Cuando les conté a mis amigas lo sucedido, una de ellas me dijo que el viernes anterior un hombre nos había ofrecido muy amablemente llevarnos y que ella se negó. Yo no lo recordaba porque había tomado bastante, pero le pregunté si recordaba qué auto era. “Un Fiat 147”, dijo ella. Ahí entendí todo, aquel hombre lo había planeado.

Luego de ese episodio quedé muy dañada, fueron 10 años de no quererme a mí misma. Busqué sufrimiento por todos lados y sólo quería atención. Así fue como llegué a mi cuarto abuso.

A los 30 conocí a un tipo a través de las redes. Hablamos mucho y me cayó muy bien. Un día me invitó a tomar unas cervezas, entonces accedí. La pasamos bien, congeniamos bastante y cuando nos estábamos despidiendo, nos besamos. Quedamos en volver a vernos porque realmente nos habíamos gustado, así que fui a su casa un par de días después. Nunca en la vida me sentí tan asqueada. Este hombre me humilló, me tiró en su cama, me hizo lo que quiso y luego me escupió en la cara. “Dale, admití que sos una gorda puta y que te gusta esto”, me decía. Yo, deshecha por dentro y sin nada de amor propio, lo repetía casi al unísono.

Toda mi vida me sentí como aquel hombre lo había descrito. Siempre pensé que los hombres con los que estuve eran unos seres extremadamente bondadoso por estar conmigo.

Por suerte ya no soy esa, ahora me amo y me dejo amar. Ahora digo nunca más.

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