Tenía 15 años cuando me puse de novia con un compañero de la escuela. Lo quería mucho y pensaba que nuestra relación nunca se iba a terminar por más de que algo sucediera. Estuvimos juntos un año y medio. Fue recién al año cuando me enteré que me había sido infiel y nos peleamos. Un día después tuvimos un cumpleaños en común y eso nos obligó a reencontrarnos. Me pidió disculpas y lo perdoné, así que, en medio de la fiesta, nos fuimos a dar un par de vueltas con el auto de un amigo para seguir con la charla más tranquilos. Pero sorpresivamente nos detuvimos en una calle bastante oscura.

Todavía conservo mi voz grabada, pidiéndole que pare porque me estaba lastimando. Me veo a mi misma mirar por la ventana del acompañante, esperando a que terminara aquella tortura. Sólo esperé porque supe que él no iba a detenerse. Me paralicé con todo su peso encima de mí, y mi respiración que tambaleaba. Mi cuerpo se movía por el arrastre que su cuerpo hacía contra el mío y cada vez se esmeraba más, así que presioné mis ojos hasta que terminó. Me bajé del auto y miré al suelo. Eso es lo último que recuerdo gracias a aquellos mecanismos de mi cerebro que intentan cuidarme de la única forma en la que pueden.

Luego de ese episodio seguimos por un par de meses, pero todo cambió. Yo ya no le interesaba y sólo estaba conmigo para tener relaciones. Varios meses después, me dejó pero me dijo que no podía estar con nadie porque íbamos a volver. Nunca volvimos pero nos seguimos viendo porque íbamos juntos a clase. Así dejé de tener ganas de ir al colegio, no quería moverme de la cama, me cortaba, sufría desmayos y generé una pésima relación con mi familia.

A los 19 años comencé terapia y tuve que irme de casa por la mala relación que tenía con mis padres. Allí fue cuando recordé el incidente del auto. Mi psicóloga tuvo que hacerme entender que había sido violada dado que yo no podía aceptarlo, pero la dejé a los pocos meses porque no estaba dispuesta a llevar esa carga. Pensaba que ciertas cosas podían desaparecer si me lo proponía, como si ser violada fuese una mochila la cual podes sacarte cuando te está matando la espalda.

Hoy tengo 22 años y volví a terapia. Puedo hablar de lo que pasó y hasta se lo pude contar a mi hermana y a un par de amigos.

A él la última vez que lo vi fue en 2010. Siempre me pregunto qué pasaría si me lo cruzo por la calle ahora que soy consciente del daño que me hizo.

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