Tenía 7 años cuando todo comenzó. Eran las vacaciones de verano y nos encontrábamos en la casa de mis tíos paternos como de costumbre. Recuerdo que mi tío me llamó para que fuese a jugar con él, le dije que sí, me llevó a su habitación y me sentó sobre sus piernas para después comenzar a jugar con mi cuerpo. Empezó rozando mis piernas y luego metió sus manos por debajo de mi pantalón hasta que logró introducir sus dedos en mi vagina. Sentí un dolor indescriptible y me estremecí mientas caían mis lágrimas. Él sólo me tapaba mi boca para que no haga ruido. Cuando paró, me dijo que no le contara esto a nadie y se fue.

Después de aquel día, comenzó a llamarme todos los días para “jugar” y me convenció de que lo que me hacía estaba bien. Mi tío siempre llevaba una sonrisa mientras me tomaba fotos, me hacía ver pornografía o me obligaba a tocarlo.

Mi primo, quien en ese entonces tenía 25 años, también abusó de mí. Al igual que con mi tío, nadie dijo nada.

Luego de un tiempo, con mi familia nos fuimos a vivir a España. Pero esto no fue un alivio para mí ya que en el colegio me hacían burla constantemente y también me golpeaban hasta hacerme suplicar.

Un día, en una clase de tutoría, nos hablaron sobre educación sexual. Allí fue cuando mi mundo se derrumbó y entendí que todo lo que había vivido estaba mal. Entendí que todo fue una mentira y me sentí un objeto; llegué a pensar que todo había sido mi culpa por haberme dejado.

Todo esto, desencadenó en múltiples autoflagelaciones.

Actualmente le tengo miedo a los hombres, simplemente me quedo muda ante ellos y tengo pesadillas en las que me despierto y encuentro a uno a mi lado.

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