No tengo la suerte que tienen algunos de no recordar su infancia o reprimirla, yo recuerdo absolutamente todo como una maldición borgeana.

Mi hermano mayor, varón, siempre fue un poco menos maltratado que mi mamá y yo. Yo durante el tiempo de su matrimonio zafaba dentro de todo: solo era objeto de maltrato verbal ocasional por ser una “traidora” por no ocultar que mi mamá era el objeto absoluto de mi adoración, al cual tenía que ver como golpeaban, humillaban y esclavizaban incluso en lo sexual.

Ambos están locos. Nadie es amo sin su perro. Pero para la nena que era yo, la mamá buenita al lado del monstruo repulsivo que era papá, esa mamá era mi mundo. A mi vieja la extrañé durante cada segundo de cada minuto de cada día de mi infancia. Era desgarrador tener que ver cómo le pegaba y la insultaba y le tiraba la comida en la cara, comida que había comprado ella con el dinero de su trabajo y la cual había cocinado a las 9 de la noche, hora en la que había llegado de trabajar después de haberse ido de mi casa a las 6 de la mañana.

Tanto mi papá como mi mamá son profesionales y “gente bien”. Pero la situación era la siguiente: mi viejo estaba literalmente las 24 horas del día en la cama mientras mi mamá trabajaba 19 de las 24 horas del día. Trabajaba (y trabaja) todo el día en una rama de la medicina extremadamente bien remunerada y que sobraría en cualquier situación normal para mantener una familia de 4, incluso aunque el padre prácticamente no trabaje (como era el caso) y así y todo no alcanzaba. No alcanzaba porque mi papá se gastaba toda la plata que producía mi mamá (no exagero al decir que ella dormía menos de 5 horas por día) en excentricidades como un barco, un auto importado o un departamento en Punta del Este… y bueno si sale más de lo que entra pasa lo que terminó pasando: como estaba todo a nombre de mi vieja, mi vieja terminó con deudas y quilombos económicos de todo tipo que tardó una década después de separada en solucionar.

Con el tiempo él nos obligaba a maltratarla también, a hacerla sentir una mierda. Básicamente éramos los tres contra ella (mi papá, mi hermano y yo) y para mí era una tortura ver cómo yo misma le hacía daño, veía como lloraba con las cosas que le decíamos y se me desgarraba el alma. Pero no podíamos hacer otra cosa que su voluntad. No podíamos. Tendríamos 7 mi hermano y 5 yo, y habíamos nacido en medio de ese mundo de mierda. Todo lo que alguna vez conocimos era eso, mi papá hablaba y a nosotros 3 nos corrían escalofríos de terror.

Las cosas fueron volviéndose cada vez peor (aunque pareciera imposible) y llegó un momento en el que mi viejo era adicto a la nubaina, un opioide similar a la heroína. Eso hizo que perdiéramos la casa en donde vivíamos y nos tuviésemos que mudar a una casa que era un basurero y que mi mamá pierda su trabajo.

Eventualmente cuando yo tenía cerca de 7 años, mi papá echó a mi mamá de la casa por vez número mil pero esta vez ella no volvió. Y ahí empezó el verdadero infierno.

Como él la echó de la casa, le hizo un recurso legal llamado “abandono de hogar” y se las rebuscó para que la justicia le dé todos los derechos y beneficios a él. Nunca voy a olvidar como el estado y todo el aparato judicial de la Argentina, con sus jueces de menores y sus psicólogas especialistas en chicos y sus asistentes sociales, nos dieron la espalda a mi hermano y a mí, dos chicos de 9 y 7 años. Y a mi mamá, una mujer con pruebas y denuncias hechas en la comisaría (en los 90′ cuando no era tan común). Nos dejaron solos a dos nenes con un monstruo que nos arruinó la vida, eso es la justicia argentina.

Viviendo solos con él toda la enfermedad y violencia que caían sobre mi mamá cayeron sobre mí (sólo muy poco sobre mi hermano… es una cuestión de género al fin). Vivíamos en una casa inmunda, sucia, que se caía a pedazos, no teníamos gas y por ende tampoco agua caliente. La sirvienta pasé a ser yo, con 7 años. Yo hacía las compras, cocinaba para los tres y limpiaba como podía y si el café estaba frío eran horas de soportar torturas psicológicas con insultos y monólogos de horas (conmigo parada escuchando sin poderme sentar) de porqué yo era una hija de puta y era igual a mi madre y que él era un santo.

Violencia física hubo 4 veces (mientras mi mamá luchaba por nosotros en tribunales de injusticia) pero fueron extremadamente violentos los episodios, ridículamente desproporcionales para una nena tan chiquita. Una de las veces antes de empezar a pegarme él, primero mandó a mi hermano a pegarme. Otra, en un día del niño, se enojó porque una fuente estaba sucia, me golpeó, tiró al piso y pateó en el estómago hasta que quedé boqueando por oxígeno como un pescado. Su pie inmenso era a penas más chico que todo mi tórax. Luego mientras seguía gritando desfigurado de locura, me enterró la cara en una bolsa de residuos de las más grandes que estaba ahí hacía días y estaba toda podrida y llena gusanos. Me restregó la cara por los gusanos. Y yo en mi intento de separarme de la bolsa, me corté una mano con un vidrio roto que se ve estaba entre la basura. Inmediatamente después de eso me mandó a comprar no sé qué al mercadito de la esquina. Fui con la cara toda sucia, llena de lágrimas, temblando de terror sin poder ni hablar y le di al señor que atendía la moneda llena de sangre cuando le pagué. Hasta el día de hoy me pregunto si el tipo se dio cuenta de que algo estaba pasando, si se imaginó lo que pasaba… se llamaba Vicente y todavía me sé su cara de memoria.

Tengo millones de detalles y relatos morbosos y escabrosos que podría llenar 15000 caracteres mil veces. La vergüenza que sentí toda mi puta vida porque ante todo, secreto de ultratumba. Nadie jamás hablaba de lo que pasaba con otros y casi ni entre nosotros. Jamás a una amiguita, jamás a los matrimonios amigos de mis viejos que venían a comer y a los que mi mamá servía cual sirvienta medieval. Ni una palabra. De la manera aberrantemente inapropiada con la que hablaba de temas sexuales y manejaba lo sexual delante de sus hijos chiquitos. De cómo dormí meses durante un invierno en el living de la pocilga que era la casa esa, sin luz y sin calefacción y me tapaba con diarios para dormir. De cómo me mandaba al quiosco a comprarle cigarrillos descalza a la una de la mañana. De cómo teníamos que movernos entre pilas de jeringas usadas con cuidado para no pincharnos. Repito, tengo mil relatos y detalles escalofriantes.

Viví esa no vida hasta los 12 años. Hasta que él me echó de la casa. Un año después lo echó a mi hermano. Hasta el día de hoy los 3 tratamos de sanar nuestras heridas y nuestras mentes y tratamos de armar una vida feliz, por separado y como familia.

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