Una vuelta había aprobado una materia previa del secundario y decidí festejar embriagándome en un cumpleaños. “Aprobé, hoy me vuelo la cabeza”, pensé. ¿Cuántos de nosotros habremos dicho eso alguna vez? ¿Cuántos hombres lo habrán dicho? Pero ¿para qué habré querido volarme la cabeza? En fin, era un cumpleaños de toda gente amiga, conocida. Todos estaban ebrios, yo no era la excepción.

Recuerdo perfectamente lo ocurrido hasta un cierto punto, yo tenía puesto un gorrito. Un amigo me lo sacó y se fue corriendo, así que le pedí a otro amigo que me ayude a buscarlo. No lo encontramos, pero no nos dimos por vencidos. Seguimos buscando hasta salir de la casa en la que estábamos. Era en un barrio privado, había muchas casas con jardines, uno al lado del otro. No sé cómo, y ahí está el punto que no recuerdo, pero terminamos en el patio externo de una casa ajena.

Estábamos ebrios con un amigo, buscando a alguien que tenía puesto mi gorro. ¿Qué es lo raro en todo eso? ¿Que soy mujer y estaba ebria? Tan chiquita, mujer y estaba ebria. Por dios, que desastre.

La cuestión es que, mi cuerpo no aguantó más y me tuve que acostar en el pasto. Le aclaré a mi amigo que me sentía mal y él también se recostó. Me di vuelta boca abajo porque realmente me sentía muy mal, como si me fuera a explotar la panza. Me desprendí el pantalón y continué acostada boca abajo. Aclaro que ni siquiera me baje el cierre, pero claro, que boluda ¿cómo me voy a haber desprendido el botón? ¿Acaso soy estúpida? Es obvio que si lo hago le estoy insinuando algo ¿no? Yo no estaba para pensar en eso, simplemente repetía una y otra vez que me sentía mal.

Fue ahí cuando mi amigo interpretó seducción e intentó besarme. Si pocas fuerzas tenía para hablar, mucho menos para explicarle lo que pasaba. No hice nada. Luego, empezó a tocarme. “No Fede, me siento mal”, era todo lo que podía decir. Pero él, aprovechando mi debilidad física, me tocó cada vez más hasta lograr masturbarme, si es que podríamos llamar a eso masturbación. Mientras Federico metía sus horribles dedos en mi vagina, yo gritaba del dolor en el jardín de una casa ajena en un barrio privado. No entiendo cómo nadie salió a ver qué pasaba. Yo cerraba las piernas todo lo que podía, y con la poca fuerza que me quedaba, intentaba frenarlo con mis frágiles y débiles manos. “Basta, me quiero ir a mi casa”, le decía casi llorando mientras gritaba de dolor. Y yo, que hasta ese momento pensé que la masturbación era consentida, que debía generar placer, no pude más que aguantar. En eso vi que estaba bajándose el pantalón, para variar, sacó su pene y me lo apoyó en la boca pretendiendo sexo oral. Intentó varias veces hasta que se rindió porque yo no abría mi boca. Y entonces, continuó con la tortura de su mano. Recuerdo el dolor y me dan ganas de abrazarme. Por suerte no introdujo su pene y nos quedamos dormidos en el pasto. Por suerte, digo, porque así no cuenta como violación ¿no?

Yo solo quería festejar haber aprobado una materia y terminé en el pasto abusada por un conocido. Pero seguro van a decirme que es mi culpa. Que no debería haber tomado, ni mucho menos haber caminado con Federico.

Esto pasó en julio de 2013, para entonces tenía 17 años y era virgen. Federico nunca me pidió perdón, es más, salió a contar que yo le hice un pete. Estuve mucho tiempo sin contarle a nadie porque me daba vergüenza, cuando no era yo la que debería estar avergonzada.

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