Creí que me mataba esa noche. Mientras me ahorcaba con las dos manos, me gritó: “deja de hacer así, como si te estuviese pegando”. Estaba tan sola, tenía tanto miedo de morir…

Es lo que pude escribir, y no sé cuánto tardé, pero hace mucho que no lloraba tanto. Es que lo que más me duele es haberme creído que lo merecía. Y aunque los golpes no se vean más, me duele el cuerpo de tantos palos. ¡Que absurdo tener que pedir por favor que no te peguen más! Y que esa persona se te ría en la cara y te diga “jodete”.

Le pido perdón a mi bebé, que tuvo que vivir dos años a los saltos y a los gritos, viendo como su papá me pegaba.

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