Cuando digo que soy feminista noto tres reacciones muy diferentes en la gente. Hay personas que se alegran, otras que lo simplemente lo “comprenden”, y por último las que se asustan y te cuestionan. En mi familia generalmente ocurre eso último, pese a que la violencia machista esté muy a la vista y no quieran abrir los ojos, quizás por miedo o vergüenza.

Hace poco me enteré que, cuando falleció mi tatarabuela, su herencia sólo fue para sus hijos varones. Mientras que las mujeres (entre ellas mi bisabuela), quedaron totalmente pobres y viviendo en el campo, los varones tenían muchísimas propiedades. La respuesta que me dio mi abuela fue: “en ese momento no se usaba”, como si fuera una moda.

Mis dos abuelas sufrieron durante toda su vida humillaciones y maltratos de parte de sus esposos. Tuve la suerte de vivir con ambas familias y hacerles entender un poco de lo que se trataba el movimiento feminista. Hoy una de ellas se decidió a largar todo lo que había estado guardándose durante casi 50 años de matrimonio. Toda la familia estaba en la mesa, escuchándola. Me parece que fue una de las mejores cosas que hizo. Y me daba muchísima pena que no haya podido hacerlo hace 50 años. Fue genial haberla visto plantar bandera y decir todo lo que sentía, sin ningún temor, tan decidida. Pero también me partía el alma verla así, tener que haber aguantado tanto, y largar todo en una crisis como ésa. La dependencia económica, el qué dirán los demás, y la negación es lo que detiene a las mujeres.

Hay que sacarse la venda a la primera. El primer insulto, la primer humillación, lo que ellos le llaman “era una jodita”, es violencia. Con mi otra abuela pasó exactamente lo mismo, hasta que mi abuelo me echó de su casa porque yo saltaba a defenderla por la violencia psicológica que tanto le hacía daño. Seguiré en pie, y luchando por ellas.

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