Tengo 22 años y 2 hijas.

A los 15 empecé a salir con quien pensaba era el amor de mi vida. Después de 6 meses empezó a tratarme mal, me engañaba y yo lo perdonaba. La relación siguió junto con sus malos tratos: me hablaba mal, no me dejaba salir ni juntarme con mis amigas porque decía que eran todas putas. Un día me pegó porque porque tenia un short y una musculosa, dijo que estaba provocativa.

Cuando quedé embarazada, a los 17 años, pensé que iba a cambiar todo pero a los 3 meses de embarazo me golpeó en la panza diciendo que nos odiaba al bebé y a mi. Continué estando con él durante el embarazo y no sólo me pegaba sino que agarraba mi celular y me lo tiraba contra el piso.

Finalmente, cuando nació mi primera hija, se calmó por un tiempo. Pero cuando me embaracé de la segunda volvió a ser violento.

Ahí fue cuando nos fuimos a vivir juntos. Me pegaba y me tiraba de los pelos enfrente de ambas. Siempre dejaba a la menor en la cuna para que no viera como me golpeaba. Cuando salía me daba la cabeza contra la pared y me pegaba piñas.

Nunca conté nada porque pensé que podría cambiar.

Terminé dejándolo porque no trabajaba ni hacia nada productivo, me di cuenta que no iba a cambiar. Cuando venía a visitar a nuestras hijas intentaba besarme.

La última vez que me pegó fue una vez que dejó a mis hijas en casa. Me preguntó si ahora iba a hacer la mía y le contesté que eso no era su problema. “Sos una forra, puta y trola”, respondió. Acto seguido, me agarró del pelo y me tiró al piso para darme piñas. Mis hijas de 2 y 3 años vieron como su padre me tomó del cuello mientras lloraban y gritaban. Él les dijo que se fueran al living y siguó pegándome. Cuando logré escapar me dijo que lo perdone, que él me amaba. Le dije que si tanto me amaba se fuera. Y así lo hizo.

No le conté esto nadie, sólo me cubrí las marcas con maquillaje.

Tres meses después se enteró de que salía con alguien y entró a mi casa para romper todas mis cosas. Esa vez hice la denuncia.

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