Ya ni recuerdo exactamente a qué edad fue que mi tío empezó a tocarme. Crecí siendo una niña indefensa y otros dos hombres, además de él, me tocaban frecuentemente. Hicieron conmigo lo que quisieron.

Mis papás solían decirme que era una niña rara porque le tenía miedo a todo. Yo no tenía a quien contarle lo que me hacían estos hombres, así que lloraba sola, y aprendí a llevar la vida de ese modo.

Hubo un día en que ya no sabía qué hacer para escaparme de mi tío, quería que ya no me tocara nunca más. Tengo el recuerdo muy vívido. Me encerró en un cuarto y yo le pedía que me dejara, le dije que si no lo hacía iba a gritar. Antes de que cerrara la puerta, metí la mano intencionalmente entre medio y me aplastó los dedos. Pero, a pesar de eso, lloraba y no era por el dolor físico sino por el que sufría mi alma, que ya no aguantaba más.

A más de quince años después, aun lloro con todas mis fuerzas cuando recuerdo las cicatrices que llevo dentro mío.

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