Nací en una familia de clase media típica, mamá, papá, hermano y hermana. Llegué con el último vagón del tren (así decían muchas veces mis papás) ya que tenían 41 años los dos cuando nací, por ende tengo mucha diferencia de edad con mis hermanos. Siempre fui la más chiquita, la mimada. Y debo reconocer que era un poco rebelde. La mayoría de las veces lograba lo que quería, parecía ser que agarré a mis viejos un poquito cansados.

El primer episodio que me tocó vivir fue cuando tenía 11 años.

Estábamos de vacaciones con mis viejos y unos tíos en Mina Clavero, Córdoba. La casa que alquilábamos formaba parte de un complejo compuesto por cuatro casas que compartían un mismo jardín. En una de ellas estábamos nosotros: mis papás, mi tío y mi tía y yo. En la segunda casa había una pareja con dos nenas de más o menos mi edad, con las cuales nos hicimos amigas. La tercera estaba desocupada y la cuarta y última estaba habitada por los dueños del lugar, una pareja mayor de unos 75 u 80 años. Eran muy serviciales y tenían aspecto de buena gente.

Una tarde salí de tomar la merienda a buscar a mis amigas para jugar. Sabía que estaban porque las luces de la casa estaban prendidas, pero no las encontré ahí, entonces decidí buscarlas en el gran jardín. Fui al fondo donde vivían los dueños del lugar y vi al viejo sentado en la puerta. Le pregunté por mis amigas y me dijo que las vio en la entrada de la casa desocupada, que él me acompañaría. Fui con él hasta la entrada de la casa y me hizo entrar. Me llevó del brazo hasta una silla. Se sentó y me sentó arriba de él. Mientras con una mano me desabrochaba el pantalón, con la otra me sostenía de la cintura y en el oído me susurraba “shh, quedate quietita y calladita”. Yo me quedé paralizada, sabía que no estaba bien, pero sentía que no podía hacer nada.

Me metió la mano por dentro del pantalón, luego por debajo de la bombacha y me metió un dedo, pienso que después fueron dos, porque a medida que me tocaba sentía un dolor más intenso. En un momento se escucharon los gritos de mis amigas que me llamaban buscándome por el jardín del lugar, entonces el viejo me soltó y me empujó para que saliera de la casa. Yo salí sin entender nada, me junté con mis amigas y les conté.

La más grande de las dos se lo contó a su papá y el padre de ella me habló y me dijo que se lo tenía que contar a mi mamá, que lo que el hombre había hecho estaba mal y si no lo hacía, se lo iba a tener que contar él. Decidí contarle a mi mamá. Mi mamá no quiso contarle a mi papá para que no se creara una situación violenta y fue a encarar al viejo. Y nunca más se habló de eso. Con nadie, jamás. Nadie de mi familia lo supo, sólo mi mamá.

Lo segundo que me tocó vivir, fue desde mis 12 a mis casi 14 años. Mi primo 4 años mayor que yo solía quedarse a dormir en mi casa, mis viejos lo querían mucho y era usual que se quedara. Le armaban la cama al lado de la mía, de esas camas carrito, que se suben. Su cama quedaba justo a la altura de la mía.

Cuando se quedaba, esperaba a que me durmiera para tocarme. Apoyaba su mano en mi vientre y bajaba hasta llegar a mi vagina, y me tocaba con suavidad por miedo a que me despertara. Todavía recuerdo la sensación de su mano deslizándose, de sus dedos fríos paseándose sin permiso por mi cuerpo. Siento un escalofrío cuando escribo estas palabras. Lo hizo repetidamente cada vez que se quedó a dormir y yo jamás dije nada, nunca lo conté y dejó de hacerlo un día porque sí. De un día para el otro dejó de quedarse a dormir en mi casa.

Lo tercero que me pasó fue a los 16 años. Estábamos de vacaciones con mis viejos en la costa, más precisamente en Santa Teresita. Alquilábamos una casa cerca de la playa. Mi mamá tenía un primo que vivía lejos y con el cual no se veía muy seguido. Él tenía una casa ahí en la costa, así que era habitual que nos cruzáramos en las vacaciones, comiéramos juntos y pasáramos el día de playa también. Él iba con la mujer y toda su familia, que era muy numerosa por cierto. Entre ellos estaba el nieto de él, un chico de unos 20 o 21 años, alto y corpulento.

Una noche fuimos a cenar a la casa de mi tío (así le decía yo al primo de mi mamá). Estábamos en la puerta el nieto de él y yo, los dos solos, charlando normalmente. En un momento me empezó a hacer preguntas subidas de tono. Me preguntó si era virgen y le respondí que no. No me parecieron raras las preguntas, pero preferí desviar el tema. Al rato salió mi tío y nos mandó a comprar cervezas al almacén que estaba en la calle paralela a la casa. Nos dio los envases y fuimos. Compramos y cuando teníamos que volver, me dijo “vení, crucemos este terreno baldío así cortamos camino. Caminé por delante de él y me distancié unos metros. No noté que en un momento tiró al pasto las botellas de cerveza. Me llamó para que frenara y así lo hice. En ese momento se acercó, me empujó contra una medianera baja, me subió ahí, me dijo que me callara, me corrió la bombacha y me violó.

Cuando terminó y me soltó, salí caminando rápido. Cuando estuve a punto de entrar a la casa, me frenó y me dijo “no digas nada porque conste que te respeté”. Lo dijo porque había acabado afuera. Jamás lo volví a ver después de esas vacaciones. Jamás conté nada a nadie. Solo mis parejas lo supieron porque era habitual que tuviera pesadillas por las noches.

Hoy lo miró a la distancia y me parece increíble haber sido yo la que vivió eso.

Nadie sale ileso de nada. Todo esto me dejó marcas imborrables.

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