Me detestaba por tener una familia. Una familia que le dio calor, suegros que lo quisieron como a un hijo y cuñados que lo adoptaron como a un hermano.

Decidimos tener un hijo, empezaron los celos. Si no quería coger con él, me decía “entonces ese bebé no es mío”.

Al poco tiempo del nacimiento de mi hijo nos separamos gracias a su celos. Yo soñaba con la familia perfecta así que no dudé cuando al año me dijo “quiero que volvamos, te quiero conmigo, yo cambié y prometo ir a terapia”.

A los meses de instalarme nuevamente en Buenos Aires, quedé embarazada devuelta. Cuando se lo conté, me dijo “es mejor que abortes”, a lo que mi respuesta fue un “ni loca”. Ahí comenzó mi calvario. Nuestro calvario, ya que mis hijos no se salvaban de su violencia.

En una oportunidad casi pierdo mi embarazo en un arranque de su locura. Los meses pasaron. Comenzó con un “te prometo que nunca mas lo voy a hacer”. Al tiempo se convirtió en “vos tenes la culpa que sea así”. Terminó en “nadie te va a creer, doy la imagen de pibe bueno”. Y así fue. Su familia paterna lo defendió siempre. Para ellos yo algo habré hecho.

Hace dos años que dije basta. Mis hijos volvieron a sonreír, a disfrutar, a comer y no escupir la comida. Ya no se esconden bajo la mesa. De no ser por mi vieja que viajó desde Santiago del Estero hasta Buenos Aires, tal vez no estaría contando esto.

Volví a quererme y ya no tengo miedo.

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