El acoso es raro, es difícil de probar y eso es lo que hace que el acosador se sienta impune. Pero no por eso una tiene que aguantárselo, aprender a vivir con eso o callárselo.

Yo tenía 19 años, empecé a cursar la materia Economía de segundo año de mi carrera con el profesor Armando. La materia me encantaba, me divertía la manera que se daban las clases, mucho debate, mucho lugar a la reflexión, excelente clima de estudio. Me fue muy bien en los dos parciales y en el final. Todo 10, muy nerd. El profesor, de alrededor de 60 años, me empezó a mandar mails con cosas que no tenían que ver con la materia pero que me gustaba leer: textos, entrevistas, investigaciones. Una oportunidad me ofreció ser ayudante de cátedra y acepté. El siguiente cuatrimestre me convertí en su ayudante.

Al tiempo comencé a notar que me incomodaban algunos de sus comentarios. Se empezó a meter en mi privacidad muy de a poco. Que si salía con chicos, que tenía que salir con chicos más grandes porque eran más maduros. Después opinaba sobre la ropa que usaba, que no era femenina, que usara zapatos, que me pusiera ropa más sugerente, que me pintara. Yo me reía y le decía que a mí no me importaban esas cosas, que yo iba a la facultad a aprender, no de levante. Una vez me dijo: “Bueno, pero también venís a aprobar materias y no solo se aprende estudiando”. Me quedé muy sorprendida.

Empecé a cursar otra materia con él y por ese entonces cumplía dos roles: ayudante de cátedra en una materia y alumna en otra. Ahí empecé a notar no sólo que me hacía comentarios desubicados a mí, sino que exponía y trataba de humillar a otras alumnas frente al resto de sus compañeros.

Una oportunidad salí de la clase y me crucé con una chica llorando en el baño. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que Armando la había tratado de putita frente a su grupo de amigos. Algo andaba mal pero no me permitía pensar que él era el culpable. Sentía que yo no podía desconfiar de él. ¿Por qué? Porque él había confiado en mí, porque él me había dado el lugar que yo buscaba. Pensaba: “Él me quiere como si fuese la hija, no tengo que ser mal pensada”.

Generalmente salía de su clase –como alumna o como ayudante- y me sentía mal. Tenía dolor en el estómago, ganas de llorar y mucha, realmente mucha angustia. Sentía que tenía un agujero en el corazón. Me ponía muy nerviosa y vomitaba, somatizando físicamente situaciones de incomodidad y acoso que negaba inconscientemente.

En otra oportunidad tuvimos un intercambio de mails donde hablamos sobre si el segundo parcial de la materia en la que era ayudante, lo tomaríamos oral o escrito. Yo le dije: “Me parece mejor oral. Pienso que rendir un examen también tiene que ser una instancia de aprendizaje y yo, por lo menos, me siento más cómoda con el oral”. Me respondió un mail asqueroso con doble sentido donde hablaba de sexo oral sobre una cómoda.

No quería ir a la facultad, no quería que Armando me dijera si me vestía bien, mal, si estaba linda o no. Quería no volver a verlo. El problema es que yo tenía que ser aprobada por él en la materia donde era alumna. Sólo me faltaba rendir el final.

Un viernes a la tarde, me llamó a mi celular, lo atendí y me dijo: “Bueno, vos… ¿qué hacés hoy a la noche? Te paso a buscar y salimos”, para salir del paso le dije que tenía el cumpleaños de un primo, que no podía y se enojó.

 

Al martes siguiente, nos encontramos para hablar. Yo ya tenía decidido no seguir como ayudante, pero debía decírselo en la cara. Llegué, él me esperaba en el bar de la cuadra de la facultad. Lo primero que me dijo fue: “¿por qué me dijiste que no el viernes? ¿qué te pasa?” y me abrió la campera para ver qué tenía puesto abajo. “¿Ves? Te seguís vistiendo como un pibe, te tenes que vestir como mujer, sino nunca le vas a gustar a nadie”, me dijo. Casi me pongo a llorar pero no quería. No quería que me viera débil. Le respondí “Por favor, no hablemos de mí, ni de mi vida personal, no voy a seguir siendo tu ayudante” y me dijo: “Pero yo te lo digo porque te quiero”. Lo último que le dije fue: “no quiero saber tu opinión”. Lo saludé y me fui.

Desaparecí por un tiempo, no iba a rendir y como si eso fuera poco, colgué todas las otras materias. Una oportunidad entro a la página de la facultad, miro las materias que me faltaban rendir, mis notas y descubro que en su materia tenía un 8. ¿Cómo podía ser? Si yo no había rendido. ¿Eso valía mi silencio?

Después de casi seis meses, junté todos los mails, mensajes y por sobre todo fuerza. Junté Le pedí a una profesora socióloga que trabajaba el tema de género, si podíamos hablar que necesitaba mostrarle algo. Le llevé la decena de mails, le conté todo, lloré, le pedí disculpas, le confesé mi vergüenza, admití que no lo había hablado con nadie, que me daba muchísimo pudor, que me sentía culpable.

Ella se tomó su tiempo, me escuchó, leyó todo y me dijo: “Quedate tranquila, es un acosador de manual. Esto es de manual. Lo vamos a hablar con la directora de la carrera”.

Y así fue, lo denuncié. Tuve que contar mi historia mil veces, frente a diferentes personas, mostrar mails y, por más que sabía que estaba haciendo lo correcto, pasé mucha vergüenza. En algún lugar de mi corazón, seguía sintiéndome culpable.

Decidí denunciarlo porque en ese momento habían pasado 2 años de cuando lo conocí y mis primas menores habían empezado la facultad. Yo tenía 22 años, ellas 17/18 y me puso muy mal saber que ellas podrían pasar por lo mismo. Me dio fuerza pensar que podía ayudar a alguna otra mujer a que no viviera lo mismo que yo. Creo que estuve mal en pensar eso. Creo que tendría que haberlo denunciado por mí, por saber que tenía razón, porque él no tenía derecho a hacerme sentir como me sentí. Pero no pude. Aún así, lo denuncié y, con el tiempo, me di cuenta que no debía sentir vergüenza.

Gracias a mi familia, amigos y a mi psicólogo pude dejar de sentirme culpable.

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