Soy una mujer que sufrió toda clase de violencia porque, en su momento, creía o soñaba que él iba a cambiar. Lógicamente, nunca lo hizo. Aguanté golpes, insultos y humillaciones. Muchas veces tuve que mentirle al médico diciendo que mis golpes en la cabeza eran producto de una caída, porque si decía la verdad, las consecuencias no serían buenas.

Yo creía que aguantar todo esto era mi obligación porque era el padre de mis hijos. Pero un día dije basta, y comenzó la peor tortura.

Constantemente se aparecía en mi casa y me pateaba la puerta mientras insultaba. Hacía guardia para cruzarme cuando salía a trabajar y le decía a nuestra hija que me iba a dejar en silla de ruedas. Mientras tanto, las denuncias le llovían, pero nadie hacia nada.

Un día volví a mi casa y casi me agarra, por suerte fui más rápida y logré llegar a lo de mi ex cuñada, quien me brindaba apoyo y me dejaba quedarme en su casa cuando no podía entrar a la mía. Ese día me dijo que me iba a quemar la casa, que era lo único que tenía. Y así lo hizo, no pasó ni media hora que me avisaron que mi humilde hogar ardía en llamas. Fue muy triste, no podía parar de llorar.

Al otro día, cuando ya me había destrozado la casa y la vida, me llegó una orden de restricción de 200 metros. ¿Por qué no llegó antes?, me pregunto.

Lo único que jamás pudo arrebatarme son mis hermosos hijos, a los cuales amo por sobre todas las cosas. Aunque no sea la mejor madre ni la mejor mujer, trato de educarlos y darle valor a las cosas. A mis varones les enseño a no ser atrevidos ni machistas con las mujeres.

Hoy estoy casada con un hombre al que mis hijos ven como padre, y sé que si algún día me hace pasar por una situación similar, lo dejaría porque necesito estar con alguien que me valore como mujer.

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