Él era el chico de los ojos como el hielo, el que se pavoneaba pasando en su bicicleta por la vereda de en frente de mi sala, aquel cercano en edad, pero levemente más grande que yo. Él era el chico del cual me gustaba escribir en mi diario, el cual creó una ilusión que duró hasta que se agotaron las páginas de mi niñez.

Cuando cumplí 15 años, finalmente dejé de ser invisible para él y tuve la oportunidad de iniciar un “amor de verano”. Yo pensaba que se lo debía a la cantidad de corazones con nuestras iniciales que había dibujado, la ley de atracción al fin había hecho su trabajo. Ese chico sabía perfectamente que yo había estado pendiente de él, y por eso, sacó toda la ventaja que pudo.

Nos encontramos adolescentes en una noche de febrero en la plaza de mi puedo. Él me daba besos un tanto torpes y no conversábamos demasiado, en realidad, yo lo escuchaba hablarme de otra chica con la que se estaba viendo… esa fue la primera señal que me dio de su percepción hacia mí como una sombra, y no como una persona.

Al segundo encuentro de este tipo, sin siquiera haber alcanzado una relación de intimidad ni confianza, me preguntó si quería tener relaciones sexuales con él. Inmediatamente resonó en mi mente un claro y rotundo “no”, pero no sé por qué le dije que lo iba a pensar. Quizás tenía miedo de que no quisiera verme más, y dejarlo pensando en la posibilidad de acostarse conmigo era motivo suficiente para retener esta deuda conmigo misma. Hoy, en retrospectiva, pienso: qué falta de amor propio. Ésta fue la segunda señal, mucho más ruidosa que la anterior, pero sin embargo todavía muda para mí.

Me tomó un par de ocasiones a solas con él, sin acceso carnal y siempre en espacios públicos, para darme cuenta que esa imagen heroica que había construido de él durante mi niñez, no estaba ni cerca de la realidad. Me resultaba una persona desagradable, hasta como hablaba de esta otra chica, la admiraba únicamente porque “no le rompía las bolas por mensajes” y porque él le hacía lo que quería, otro cosificador, machista. Decidí que no me gustaba su forma de ser íntegramente, así que decidí comunicarle que no quería que nos veamos más.

No recuerdo con detalle si fue al día siguiente, o una semana después, que se apareció por la madrugada en frente de mi casa, ya habiendo vuelto los dos de bailar cada cual, con su grupo de amigos, borracho y desorientado. Pensaba que ya lo había visto de la forma más desagradable que podía, pero no. Me pidió que le explique por qué no quería verlo más, si supuestamente yo estaba loca por él. Le pedí que se fuera a su casa porque no quería hablarle más e inmediatamente me empujó y me acorraló contra la columna, me resistí y me agarró de los brazos. Pasó todo en cuestión de segundos, pero ahora que lo pongo en palabras duró mucho más.

“No te hagas la que no, si sabes que te gusta, zorrita”, decía con aliento a alcohol, las manos gélidas metiéndose por abajo de mi remera haciéndome doler la piel, la erección forzándose en mi ingle y yo usando mi cartera como barrera para mantener esa parte de su cuerpo alejada de la mía. Me besaba bruscamente y yo mantenía los ojos abiertos, preguntándome cuánto más iba a estar así. El recuerdo de la experiencia es puramente físico, no puedo remitirme a lo que sentía en ese momento porque estaba muerta mental y emocionalmente.

Le dije: “Por favor pará, vas a despertar a mi abuela”, la usé, en su imagen dormida, como la única posibilidad de sacarme a ese animal de encima, que venga un tercero y lo mire y él se avergüence de lo que me estaba haciendo. De alguna manera dejó de hacer fuerza, pude empujarlo, y cuando se tambaleó unos pasos hacia atrás, logré sacar las llaves de mi cartera para luego meterlas a toda velocidad en la cerradura y dar el portazo. Me quedé apoyada de espaldas a la puerta, inexpresiva, escuchándolo insultarme y sus pasos al irse.

Actualmente me lo sigo cruzando y se comporta como si no fuera la misma persona que hizo esto. Nunca lo hablé con nadie porque hasta el día de hoy no estuve segura de que fuera una agresión sexual. Cuando nos hablan de agresiones sexuales pensamos en una imagen: el violador un depravado de clase baja, y la víctima una mujer joven, atractiva. La imagen no dura más de 10 o 20 segundos, es oscura, es plana, no hay movimiento, no hay sonidos, es casi como si no hubiera personas, pero cuando una mujer cuenta lo que le pasó no cabe en 10 o 20 segundos.

Cuando nos hablan de agresión sexual pensamos en el acceso carnal, la penetración, el dolor, la resistencia, el miedo a morir. Este es mi testimonio, sin ninguna de estas cosas y sin embargo sentí miedo, me sentí vulnerable, me sentí sucia después. Pensé por mucho tiempo que esto fue mi culpa y no encontré persona con la cual compartirlo sin temer que me juzgue o que considere que esto es algo menor.

El verdadero juicio debe y tiene que apuntar hacia él, conózcanlo, señálenlo, repúdienlo. A ustedes les digo, que les pasó algo parecido, que les puede pasar, no perdonen este tipo de abusos por parte de nadie, ni siquiera por el príncipe azul de su infancia.

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