Me volví adicta a las migajas, podía aguantar insultos y palabras hirientes, escucharlo decir “pendeja puta” una y mil veces. Todo esto por un par de horas de “amor” o por un par de besos que aún no se si fueron sinceros.

Él arreglaba todo pidiendo disculpas, a veces decía que no se acordaba de lo que había hecho o hasta tenía la caradurez de decirme que todo había sido una broma.

Esos “chistes” me han marcado de por vida. Me han hecho conocer el miedo, pero el miedo de verdad.

Algunas veces me empujaba, otras me pateaba mientras yacía en el suelo, rogándole que no me deje. A continuación solía decirme que yo lo incentivaba a perder el control.

Según él, todo lo que pasó, siempre fue y será mi culpa.

Una noche, su enojo estaba latente debido a que mis amigas me habían invitado a una fiesta. Ni siquiera había contestado, pero la invitación le bastó.

Comenzó gritándome como siempre hacía. Estaba parado en la puerta cuando me dijo “Tienes 3 segundos para largarte o me vas a conocer”. Yo lloraba, no entendía bien lo que pasaba. Él insistía en que me fuera: “No te quiero ver nunca más en mi vida, eres una estúpida. Ya lárgate”. Eran las 10 de la noche y no quería irme, entonces se me ocurrió abrazarlo para que se calmara. Se violentó de tal forma que me empujó y caí sobre la puerta.

Su enojo era tan grande que me siguió hasta la calle y, en cuanto tuvo la oportunidad, me arrojó una piedra. Yo seguí caminando, no quería dar la vuelta pero él me detuvo, me abrazó y pidió perdón.

Estuvimos juntos unos cuantos días más pero ya no podía soportar tanta agresión. Yo lo amaba, pero él se encargó de revertir ese sentimiento, sus perdones ya no me parecían creíbles.

Hoy siento que no volvería jamás a estar con él o con alguien similar.

No quiero ser mi madre, no quiero ser esa mujer que permite que la golpeen y la estrangulen como bien lo hacía mi padre. No quiero llegar a ese extremo pues siento que es perder la vida misma, y yo casi la perdí.

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