Voy a comenzar mi relato presentándome y diciéndole a Lautaro y a aquellos hombres que abusaron de mi condición de mujer, que me arruinaron la vida en cierto modo.

Mi nombre es Melanie, tengo 25 años, soy estudiante de música y aún tengo ciertos complejos con mi cuerpo. No me siento mujer, no me siento bella pero sí gorda.

Aunque ya han pasado años, todavía me siento culpable por todo lo que pasó, también cómplice. Es por eso que me cuesta mucho escribir esto, recordarlo me mata por dentro. He leído muchas historias en esta página y siento que lo que me pasó a mí no es tan grave como lo que le pasó a muchas, pero quiero contarlo.

Su nombre es Lautaro. Lo conocí en el cumpleaños de una amiga, se acercó a nuestra mesa y preguntó si alguien quería bailar con él. Como estaba un tanto borracha dejé de lado mis propios prejuicios, me levanté y terminé pasándola muy bien. Me enseñó a bailar cuarteto y me dijo que lo agregara a Facebook, yo me negué y me fui.

Ya de madrugada empecé a buscarlo, cuando lo encontré me siguió el juego y me besó de una forma en la que nunca me habían besado, era una mezcla entre pasión y violencia. Lautaro quiso ir más allá del beso y me levantó la remera. Comenzó a tocarme los pechos violentamente, me mordió un pezón y, sin preguntarme, metió su mano por debajo de mi pantalón. Quise pararlo pero me corría las manos, fue entonces que me paralicé y empecé a tener miedo. No me dejaba ir y todos mis amigos estaban ebrios como para pedir ayuda, tampoco quería quedar mal frente a toda la escuela o que pensaran cualquier cosa de mí por estar un poco borracha.

Para él todo eso parecía normal, hasta me pidió seguir en el baño. Allí me di cuenta de que debía seguirle la corriente para poder escapar. Accedí a que fuésemos al baño y cuando pensé que estaba distraído le dije que era un desubicado y giré para irme. Me tomó tan fuerte de la muñeca que me dejó marcada, pero como estábamos a la vista de todos me dejó ir.

Varias personas se acercaron a preguntarme que había pasado. “Se zarpó un poco, pero nada más”, les dije.

Más tarde volvió a buscarme, acompañado de un amigo. Quiso agarrarme de nuevo para que no me fuera y me tocó nuevamente. Le pegué y me fui de la fiesta.

No quise contarle a mi familia porque tengo miedo de que me digan “Si tomaste, es tu culpa”. Me quedaron moretones en los pechos, recuerdo que me dolían bastante. A pesar de eso, no quise recurrir a la policía porque no quería que me revisaran, me atemorizaba que alguien más tocara mi cuerpo o se enterara de lo que había pasado. Me daba mucha vergüenza.

Una amiga me dijo “No te hiciste respetar”, tácitamente quiso decir que la culpa fue mía. Mi anterior psicóloga dijo “Si te pidió un beso y se lo diste te la tenes que bancar”. La realidad es que no me lo busqué, ni tampoco quise que me pase.

Igualmente creo que esto viene desde antes, esa culpa y esa complicidad se encuentran gravadas en mi desde hace mucho tiempo.

Cuando tenía 4 años me llevaba muy bien con un hombre mayor que vivía en la cuadra, me trataba como a una de sus nietas. Recuerdo que un día me había prometido esos frutos chiquitos que caen de los árboles, me dijo que iba a juntarlos y que al día siguiente me los daría.

Al otro día me acerqué a su casa como de costumbre y, por primera vez, me hizo pasar. Yo entré pensando que iba a darme los frutos del árbol, pero me mostró su pene. En ese mismo instante salí corriendo de la casa y fui a buscar a mi mamá pero nunca le dije nada. Hasta el día de hoy no puedo pasar por allí porque me dan escalofríos.

A los 12, cuando salía de la escuela, me tomé el colectivo para volver a mi casa, allí había un hombre que en cuanto me vio subir se acercó y comenzó a manosearme con la punta de sus dedos. Yo sentía cosquillas, pero cuando vi que era el hombre me corrí de lugar. El colectivo estaba lleno, pero nadie dijo nada, y yo tampoco.

Hace dos años, también en un colectivo, un hombre de contextura física bastante grande se sentó al lado mío. Este señor estuvo todo el viaje tirándose encima de mi, yo trataba de empujarlo pero parecía que no le importaba. Todos miraban pero nadie hacía nada. Cuando me levante para bajar, me tocó. Le pegué un cachetazo y le dije de todo hasta que me bajé. La gente se reía, como si fuese algo gracioso.

También me pasó que un hombre eyaculó encima de mi jean en un transporte público. Cuando le conté a una amiga lo que había pasado, me dijo que no era tan grave.

No dejo de preguntarme si soy una exagerada o si de verdad tengo razón. ¿Por qué todo esto está tan naturalizado? ¿Por qué nadie hace nada al respecto? ¿Suena raro y gracioso que yo me defienda?

Todos esos hombres han hecho que hoy tenga miedo de empezar una relación. Nunca tuve sexo con nadie, y cada vez que algún hombre me invita a salir me cierro y termino todo antes de que empiece.

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