¿Qué me quitaron? ¿Qué hicieron en mi cuerpo? Siempre sentí las palabras como balas, o navajas.

De niña la gente me aventaba ofensas hacia el cuerpo que me había tocado, aquel que traía como amuleto y que, con amor, daba mi movimiento. Así pasaron 11 años sin parar, jugaban un juego en donde lo jugado era yo. “Gorda”, “fea”, “bigotona”, “orejona”, “asquerosa”, lo gritaban desde mi madre hasta el maestro. Esas palabras se utilizaban como flechas.

A duelos y muletas me destruí, nunca hubo en mi espejo una imagen aceptada. Por eso, ya en la adolescencia, tuve que vomitar todo. Sembraron tanto repudio en mí que, a gritos, mi estómago pedía que todo lo ingerido fuera devuelto. Estaba asqueada de mi propio cuerpo. Que ni siquiera era mío, sino que era de Martín, quien me dijo que no bailaba conmigo por gorda y chaparra.

Mi cuerpo era de mi madre, quien sólo lo quería por su valor virginal. Y de mi padre, que para él es un orgullo el hombre que toca el cuerpo de una mujer sin antes ser tocado por otro, y quien dice también que la mujer envejecida ya no vale tanto como la joven.

Era de Lucas también, quien a mis 21 años me enseñó que a gritos y a golpes hacía los objetos, los que desviaba de mi rostro. Que ya borracho me hablaba con sus ojos llenos de odio, y me decía lo mucho que me detestaba. Y eso era amor.

Este cuerpo era de Lolo, que sólo quería manosearme, pero eso también era amor.

Volviendo al inicio ¿qué me quitaron?, pues el caminar en mi barrio con tranquilidad, porque los tipos me atrapan con sus voces y me violentan con mi propio cuerpo. Este que está lleno de huellas, de rastros y de arrebatos que, poco a poco, me comieron entera y me alejaron de esta imagen que soy, que me mueve, y que cada vez que me acerco a ella, las voces exteriores me detienen.

No quisiera que me regresen todo lo que me quitaron, ya que no hay perdón que valga, ni ganas de seguir. Que se lo queden, ya es de ellos, eso no es mío. Ese cuerpo mutilado y sombrío, no es mío. Ahora estoy desnuda, abrazándome y siendo mujer a mi manera. No hay retorno de aquellas balas, ni chaleco anti balas que proteja mi mente, mi cuerpo, mis deseos o mis sueños. Sólo tengo mis manos, que me tocarán para aliviarme. Tengo mis ojos para aceptarme.

Que se queden lo que se llevaron, que así puedo ser yo. Al fin puedo abrazarme y respirar sin sentir tanto prejuicio, ¡ser yo! Verme con esos ojos que nunca me supieron ver.

Hoy me vi al espejo y no vi esas palabras desgarradoras, me vi con mis ojos verdaderos. Hoy ese cuerpo que tanto intentaron quitarme, está aquí conmigo, bien abrazadito.

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