Voy a contar acerca de la primera vez que recibí un golpe. Fue por parte de una mujer. La violencia no sólo es llevada por hombres como suelen decir.

Tenía 7 años y mis padres estaban de guardia. Esa noche nos cuidó Adriana, la chica que limpiaba en casa, y la misma mujer que mis abuelos nos habían recomendado por considerarla de plena confianza.

Ella se quedó dormida y con mi hermano se nos ocurrió despertarla, la inocencia de un par de niños estaba a flor de piel. Ni bien abrió los ojos ya estaba golpeándome. Enseguida, mi hermano de 10 años se interpuso, pero ella lo agarró de la remera, lo tiró hacia la cama y lo golpeó 5 veces seguidas. Yo estaba en shock, no entendía nada. Lo de esta mujer parecía mecánico, en cuanto dejó en paz a mi hermano, seguí yo. Me tiró a esa misma cama, me agarró de los pelos y me llevó la cabeza a los talones. No recuerdo mucho a partir de allí, sólo el sonido que hizo mi espalda y haber visto todo blanco por unos segundos.

Enseguida corrí a la cocina para llamar a mis padres, pero Adriana me siguió y me golpeó una vez más. “Decile que te peleaste con Ramiro”, me dijo mientras me sostenía del pelo. Los llamé llorando e hice exactamente lo que ella me dijo, no tenía opción.

Recuerdo como miraba el reloj, eran las 12.30 aproximadamente, o sea, faltaban 8 horas para que mis padres salgan de la guardia.

Al día siguiente les contamos lo que había pasado y la echaron. Un mes después volvió para pedir disculpas y nos trajo una bolsa de golosinas. Mi mamá le sonreía, como si ignorara lo que nos había hecho.

Ese mismo año empecé en un colegio nuevo, ya que luego de aquel hecho violento me había alejado de mis amigos. No me quería relacionar con nadie, pasaba los recreos sola en el baño aguardando que el timbre sonara. Allí me sentía a salvo.

A los 17 años la vi en el colectivo, ese día recordé todo lo que había pasado esa noche. Mi cerebro lo había reprimido durante 5 años.

Hace 2 meses llamo a casa para pedirle un remedio a mi mamá. Enseguida me encargué de recordarle lo que había pasado ya que siempre decía que no se acoraba, y le pedí por favor que aquella mujer no pisara nunca más nuestra casa. Mi mamá asintió y me dio a entender que sólo le daba los medicamentos por su profesión, ya que, como dicta el juramento hipocrático, debe ayudar a las personas enfermas.

Mi papá lo único que opina sobre el tema es que, si no nos dejó marcas, entonces tan fuerte no nos golpeó.

Ya pasaron tantos años que no existen pruebas, sólo me queda el horrible recuerdo.

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