Todo comenzó el día en que mis padres se divorciaron. Tendría aproximadamente dos años cuando Julio apareció en nuestras vidas.

Él empezó a quedarse en casa cada vez más. Teníamos una relación muy fluida, me traía chocolates y siempre me hacia reír. Yo lo sentía como un padre dado que con el mío tenía una relación distante. Terminó viviendo con nosotras aunque a mi hermana Sandra nunca le cayó muy bien.

No recuerdo el momento exacto, pero llegaron los manoseos, los abrazos y los besos en la cola.

Yo todavía era pequeña y a veces dormía en la cama con ellos. Fue allí cuando, por primera vez,  Julio apoyó su cuerpo contra el mío. Sentía su tibieza entre mis nalgas. Mi madre dormía y no podía protegerme, una desagradable sensación que nunca olvidaré.

Ella estaba bajo tratamiento psiquiátrico ya que sufría de depresión. Por ello decidí callar. Tenía miedo de que pudiera suicidarse.

Mamá golpeaba a mi hermana porque le decía que Julio entraba a nuestro cuarto por las noches y le besaba las axilas. Yo sabía que ella no iba a dejarse amedrentar ante nadie. Tenía carácter, cosa que a mi madre le faltaba.

Con un padre casi ausente, una madre sumergida en su eterna depresión y una hermana viviendo su mundo adolescente, sentí que Julio era lo único que me quedaba. Era mi vía de escape y por ello permití que sus manoseos se naturalizaran. Por otro lado, sentía la obligación de cuidar a mi madre y para ello era menester no contar lo que su pareja me hacía.

A veces me sentía observada. Sabía que él estaba detrás de la puerta, mirándome mientras descansaba en mi cuarto. Una noche decidí hacerme la dormida para saber qué podría pasar y entonces ocurrió. No sé cuánto tiempo tuve las bragas abajo, solo supe que debía soportar la horrible sensación de ser abusada.

La culpa me arremetió. Decidí contárselo a mi hermana, casi susurrando mientras Julio y mamá peleaban en la otra habitación. A la mañana siguiente se lo contamos a nuestros padres. Mi madre lloraba, negando la situación. No creía ni una palabra. Le rogué que por favor me creyera pero Julio apareció en escena. Lo miré y me arrepentí.

Papá decidió encararlo pero, el muy cobarde, desmintió todo. Fuimos a hacer una denuncia, tuve que declarar pero de nada sirvió. No había pruebas físicas del abuso. ¿Acaso tenía que ir a declarar sucia y desgarrada para que hicieran algo?

Para cuidar la integridad psíquica de mamá le dije que todo había sido una mentira o quizás un mal sueño. Seguí viviendo en esa casa hasta que mi papá ofreció que me mudara con él y mi abuela.

Finalmente decidí contarle a mi familia materna lo sucedido. Tuve que soportar acusaciones desmedidas y absurdas. A mis 14 años, mi tía se atrevió a decirme en la cara que me gustaba seducir hombres mayores, que yo me lo había buscado. Acto seguido, tuve que soportar a su esposo enviándome mensajes de texto, insinuándose.

En mi cumpleaños número 15 volví a cruzarme con Julio, pero esta vez lo enfrente. Él vino hacia mí, con el objetivo de golpearme. Vi el odio en sus ojos. Mamá lo detuvo y llamaron a la policía.

Le tengo miedo a los hombres. Hoy en día tengo 20 años y hace uno que no veo a mi madre porque no puedo mirarla a los ojos. Ya no puedo fingir más.

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