No recuerdo mucho de mi infancia. Apenas me acuerdo de mis primeros cumpleaños, pero son recuerdos borrosos comparados con el que quiero contarles. Este lo tengo bien claro, esta aferrado a mi memoria como una garrapata posada en la piel de un cachorro indefenso.

Como cada tarde, después del colegio, fui a la casa de mi abuela porque mamá trabajaba y no me podía cuidar. Ese día estaba sola, supongo que la abuela se había ido a hacer los mandados. A veces pasaba, así que me quedé viendo tele y comiendo galletitas. Después de un rato me aburrí y salí afuera a jugar como siempre lo hacía.

En el barrio había un chico con problemas mentales, tenía más o menos 18 años. No sé cuál era su problema específico, pero tenía algún tipo de retraso. Este chico siempre pasaba por la casa de mi abuela a dejar cosas, a hablar, o simplemente a estar un rato con nosotras. Todo el barrio lo quería mucho.

Como dije antes, salí al patio con una manzana porque me había agarrado un poco de hambre. Fue entonces cuando lo vi pasar. Él me miró y se acercó. “¿Qué haces? ¿Me das un poco?, dijo”. Lo miré y estiré mi brazo para alcanzarle la fruta pero, en ese mismo instante, con una mano me tomó del brazo y con la otra me tapó la boca.

Nos perdimos en ese gran patio trasero y él comenzó a tocarme. Bajó mis pantalones y metió sus dedos en mi vagina. Yo era demasiado chica, no tenía idea de lo que me estaba haciéndome. “Vos no grites, es normal que te duela un ratito pero después pasa”, me dijo. Comencé a sangrar, algo lógico, dado que me estaba lastimando.

Y ahí quedó todo. Me hizo creer, entre otras cosas, que era normal que un desconocido te toque hasta lastimarte.

Llevé a la escuela esos conocimientos que él me había dejado. Desde los 7 hasta los 12 toqué a mis compañeritos en los recreos y me masturbé en el baño hasta hacerme sangrar. Todo lo relacionaba con lo sexual o con la sumisión, para mí era lo más normal del mundo.

Mi mamá no hacía más que retarme, no me llevó a ver a un psicólogo porque nunca supo la verdad de todo el asunto. No la culpo de eso, yo era pequeña como para ponerme a charlar sobre esas cosas. Tampoco me culpo a mí misma, ya que hasta hace unos años seguía pensando que adueñarse de la intimidad de alguien era normal.

No sé qué duele más: haber sido abusada a los 7 años, o haber abusado de mis compañeros del colegio.

Cuando por fin caí en lo que me había pasado comencé a tener miedo, no salía y vivía encerrada en casa. Tenía aproximadamente 14 años, edad en la cual empiezan los boliches, los cumpleaños y los novios. Cuando lograba salir me mantenía alejada de los hombres porque si uno se acercaba se me venían a la cabeza imágenes de esa tarde espantosa. Me quedaba dura, transpiraba y el aire no corría normalmente por mi garganta. Ataques de pánico, según me dijeron, pero yo lo tomaba como una especie de viaje a ese pasado oscuro que me atormentaba.

Lo único que no me daba terror era el mundo virtual, sabía que allí nadie podía hacerme daño, entonces me la pasaba enviando mensajes de texto. Así conocí a un chico de mi pueblo, era muy bueno pero nunca puede conocerlo personalmente por culpa de mis miedos. Él fue el único al que le confié todo lo que me había pasado, pero al darse cuenta de que nunca íbamos a poder conocernos, se alejó. Eso me dolió muchísimo, perdí muchos amigos por esa razón.

Fue un amor tan fuerte que hasta el día de hoy me duele. Lo volví a cruzar hace poco, pero ya está en otra.

A veces pienso que los recuerdos no deciden quedarse por si solos, sino que es uno mismo quien los deja o no. Yo opté por no recordarlo nunca más, y con esto le doy un cierre definitivo.

Hoy es un tema tratado y casi superado. Puedo hablar con chicos y por sobre todo, puedo respetar tanto mi cuerpo como el de los demás.

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