Paraná, 29 de abril de 2016

Mi vida entera:

¿Lo puedo llamar así? Las disculpas del caso si mi atrevimiento molesta, siempre he sido para Ud. un estorbo pero estas líneas se me salen de las manos por ser escritas.

Deseo aclararle que lo del rompimiento no generó en mí más que una breve dolencia, agravada -claro- por el hecho de ver a diario el impoluto vestido colgado en el placard. Tía Ethel (¿la recuerda bordando horas en el zaguán?) dice que lo baje, que lo queme o que lo done a la Iglesia del Calvario y le digo que no, convencida estoy de su regreso.

Entienda, mi bien, si estos parrafitos son enviados a la dirección de su casa materna (de la paterna ya ni noticias, ¿verdad?) dado que Ud. al irse, me dejó, no sólo sin boda sino también con el Jesús en la boca pidiendo a gritos su destino. ¿Volverá algún día? Tendré preparadas las sábanas que nos regalaron los Mendigén, las rosa pálido, porque a las verde agua las usé para secar el piso del patiecito de luz después de la tormenta pasada. ¿Sabrá disculparme el mal uso? Es que no sabe la cantidad de agua que cayó por estos lados. La casa de su mamá en la sierra siempre estará sequita, pero no se olvide que cerca del río, el río se sube.

Le voy a ser sincera, esta carta fue escrita en dos partes, hoy ya es 30 y como se termina el mes se acabó mi paciencia, ya no puedo esperarlo, pronostican lluvias para todo mayo y las sábanas de los Mendigén me harán falta.

Dejo librado al azar nuestro futuro, el suyo, el mío y el del mundo ya que ando tan sensible que pienso hasta en los niños pobres de Somalia.

Sólo una cosa le pido a vuelta de correo, envíeme con detalle los pasos para prender el calefón; le agradezco enormemente el gesto, este otoño está instalado en el litoral y yo ya no puedo más con este frío letargo.

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