Cuando vivís en un pueblo, las situaciones de violencia pasan muy de vez en cuando, o eso es lo que creemos. A veces es muy difícil contar lo que te pasa porque corres el riesgo de que se enteren las 2500 personas que viven ahí.

Tenía 15 años cuando empezamos a salir formalmente, pero hacía un año que veníamos a las vueltas. Él tenía 22 y éramos la primera pareja formal de cada uno. Al principio, y como cualquier otra relación, todo era un cuento de hadas, color de rosa. Hasta que un día en mi casa, los dos solos, me empezó a besar contra una pared y me empujaba mientras me agarraba de la cola. Mis intentos de apartarlo fueron inútiles, él era mucho más físicamente. Así que “no me quedó otra” que dejarle la mano ahí, ya que era mi novio y es lo que los novios hacen.

Unos meses más tarde tuvimos una fiesta, así que me compré un vestido nuevo para usar esa noche. Estaba emocionadísima, más que nada porque era la fiesta más importante del pueblo y era la primera vez que iba. Cuando pasó la noche, los dos agotados, fuimos un rato a su casa, antes que me lleve a dormir a la mía. Ahí nos empezamos a besar y abrazar en el sillón. Creo que de la emoción que tenía por el baile no me percaté hasta después de un rato que me estaba agarrando uno de mis pechos, entonces, otra vez, intenté sacarle la mano. “Sh, no te preocupes. No vamos a hacer nada que no quieras”, dijo. Inmediatamente le pedí que me lleve a mi casa porque estábamos haciendo algo que yo no quería.

Ese tipo de situaciones se siguieron repitiendo, sumándole las escenas de celos que me hacía sin motivo, ya que ni siquiera salía de mi casa. Sólo salía para gimnasia o para visitar a mis abuelos. No tenía vida social. Con mi mejor amigo hablaba por Messenger cada tanto y de noche, cuando él no estaba cerca para vigilar.

Una de las situaciones que más me marcó en esa relación, fue que una noche en su casa. Después de cenar, nos pusimos a mirar una película, no recuerdo cuál exactamente. Él esperó a que toda su familia se vaya a dormir para abalanzarse sobre mí y repetir la misma secuencia de siempre. Primero unos besos tiernos, después recorrer todo mi cuerpo con su mano, hasta que empezaba a tocarme la entrepierna para excitarme y así lograr que pierda la virginidad con él. Pero nunca lo dejé tocarme sin ropa, siempre con el jean puesto, porque pensaba que de esa manera se iba a dar por vencido.

Una vez me rozó tan fuerte que comencé a sangrar, pero él nunca se enteró, lo único que hacía era tocarme cada vez más y más fuerte, mientras gemía en mi oído tratando que me entregase. Obviamente nunca se lo conté a nadie, más por vergüenza que por otra cosa.

Cuando ya llevábamos 1 año y 11 meses de relación, le pedí un tiempo porque “me sentía confundida y no sabía lo que quería”, cuando en realidad lo que quería era estar lejos de él. Hablé con mi mamá y me convenció de que volviéramos porque era buen pibe. Estuvimos hasta los 2 años y 2 meses.

Un par de días antes de dejarlo, volví a hablar con mi mamá y lo que me preguntó me abrió la cabeza. Me dijo: “¿Vos te ves casada con el?”. Le respondí que no, y me preguntó qué es lo que hacía con él entonces. Dos días después terminé la relación.

Nunca me di cuenta cuánto me había afectado esta relación, hasta el día en que en un concierto de No Te Va Gustar escuché la canción “Nunca más a mi lado” y rompí en llanto. Estuve 2 minutos y medio en el centro de una multitud llorando por los recuerdos que me traía.

Desde ese día, me dije a mi misma que a la primera señal de forcejeo o de intento de hacer algo que no quiera voy a frenarlo, y si veo que no me respeta, por más que me duela en el alma, terminar la relación.

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