Fue sábado de madrugada. Con una amiga habíamos ido a una peña universitaria y como vivo cerca, volvimos caminando. La zona en teoría no era insegura, pero las calles estaban bastante vacías.

No sé cuándo ni cómo, pero apareció un hombre no menor a 40 años. Con mi amiga empezamos a correr pensando que su intención era robarnos, intenté alejarme lo más que pude pero me alcanzó. Desgraciadamente llevaba pollera y eso le facilitó mucho las cosas.

Mis recuerdos no son muy claros, pero nunca voy a olvidar aquella sensación que me provocó tener la mano de un extraño dentro de mí. Cuando mi amiga logró reaccionar, corrió para ayudarme y forcejeó con el hombre por varios minutos. Para ese entonces él ya me había tirado al suelo y estaba encima de mí. Tengo la imagen grabada de como algunas personas que pasaban simplemente se quedaron mirando, sin hacer nada al respecto. El hombre me empujó contra la pared, se levantó y volvió a subirse a su moto para irse.

No sé su nombre ni nunca lo había visto. A pesar de que mucha gente vio lo que sucedía, nadie hizo nada. Nunca nadie hace nada.

Creo que nunca podrá irse aquel dolor que me partió en dos, un dolor que te fractura los huevos porque no es sólo dolor sino una mezcla de asco, pánico e inseguridad. Es no poder dejar que nadie me haga una caricia sin que la cara de ese hombre se me cruce por la cabeza. Es odio a mí misma por no haber sido más precavida, por haber usado esa pollera y por haberme maquillado como lo hice. Nadie puede entender el vacío enorme que me provoca no poder caminar tranquila por las calles.

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